Conversaciones con mamá

Conversaciones con mamá

Cierto es que, muchas veces, la edad no es impedimento para sentirse joven, con ganas de vivir, viendo las cosas desde una mirada positiva, alegre, con la perspectiva, además, de la experiencia y el desparpajo de no tener a quien darle cuentas y tampoco querer darlas.

Cierto es que por el título, Conversaciones con mamá, no me era muy atrayente o seductora la idea de venir a ver esta obra.

Cierto es que por los intérpretes, María Luisa Merlo y Jesús Cisneros, había cierta garantía de que la representación fuera un diálogo ameno, bien ejecutado, con solvencia.

Cierto es que, al ver a los autores del texto, me convenciera más la idea, Santiago Carlos Oves y Jordi Galcerán. (Confieso que no sabía que había una película homónima argentina del primero que fue un gran éxito).

Cierto también es que me apresto a ser receptor positivo para ver qué me encuentro.

Y encuentro unos diálogos acertados, una situación realista y cotidiana, una interpretación estupenda y una dirección sensible y delicada de Pilar Massa.

Cierto es que se tratan muchos temas con agudeza y naturalidad, que se tornan los papeles del hijo y la madre, y resulta más echada para adelante la mujer con sus años y su sabia experiencia que el hijo ya maduro y que se deja dominar, que lo ve todo negativo, y que se sorprende porque no conoce bien a su madre.

¡Pasa tantas veces! Cierto es que, al contrario, las madres conocen bien a sus hijos, y los comprenden y los perdonan y saben por dónde respiran, lo que les gusta y lo que temen.

Sí, es cierto que se aborda la muerte, la soledad, el decaimiento tras perder el empleo, la vejez, la segunda juventud, la ilusión, la sinceridad, la melancolía del recuerdo.  Y se hace de forma amable, con acierto, es cierto.

María Luisa Merlo está impecable en su personaje, sin aspavientos de adornos superfluos, y Jesús Cisneros le da la réplica con la sencillez del hijo que comprende que está ante una gran señora con un pasado bien puesto.

Es cierto que conversamos poco con mamá y nos lo estamos perdiendo.

HITCHCOCK, la comedia, “Chan, chan, chan”

HITCHCOCK, la comedia, “Chan, chan, chan”

Cine en el teatro, o teatro cinematográfico. Blanco y negro, género de misterio.  Suspense y thriller psicológico. La técnica McGuffin, (¿que no saben qué es eso?, tendrán que acudir a esta función para averiguarlo), cameos en toda regla, mil personajes en dos, el caso del asesino a menos de dos calles de aquí.  Una puerta, y el propio Hitchcock apareciéndose tal cual de orondo y trajeado.

Y nosotros, espectadores, fantasmas imaginados que no paran de reírse y que acabamos entregados. Hay ritmo trepidante, el interés no decae en ningún momento, al contrario, una vez que nos hemos familiarizado con los personajes son como nuestros, los queremos, los adoptamos.

El texto de Mónica Pérez  Blázquez está escrito, reescrito, tachado, manipulado, aprendido, leído, chapurreado, y hasta guturalmente interpretado. Desbroza guiños a diestro y siniestro, desborda ingenio, juega con las palabras, y lo convierte en un auténtico guion cómico soberbio.

Los actores, la propia Mónica Pérez y Jordi Ríos no desfallecen en el intento. Al contrario, a medida que van entrando en calor y cogiendo confianza con el público que estamos, aunque sea imaginariamente, disfrutan de su locura y nos lo hacen pasar de miedo.

Miedo de cine, misterio de cómo resolverán el corto que están pretendiendo hacer. Lo dejan todo al desconcierto. Los ensayos, primero, después la grabación en sí, sin presupuesto, y el resultado final, tan caótico e hilarante como el comienzo.

No le falta detalle a este montaje. Está el tren de Extraños en el tren, está Con la muerte en los talones, la Rebeca que no falte, ni la Soga, por si acaso; por supuesto, Los pájaros, una Ventana indiscreta aunque pequeña, Sospecha, Frenesí, Falsos culpables,… y el mismísimo Alfred en persona, vivito y coleando.  

No solo no te esperas el final, es que no quieres que llegue, de lo que estamos disfrutando. Salimos tremendamente contentos y reconfortados. ¿Qué pasará, qué misterios habrá? Puede ser mi gran noche y lo es, “chan, chan, chan….” Divertimento y suspense asegurados.

Proyecto Réquiem

Proyecto Réquiem

Aquí se aúnan poesía y teatro, sensibilidad y sentimiento, música e interpretación, luz y oscuridad, voluntades y realidades, crueldad y ternura, espíritu y cuerpo.

Con texto poético de Carlos de la Fuente, la Asociación Cultural El Taller afronta un tema difícil de asumir en nuestra cotidianeidad apacible. La violencia, el maltrato, el desprecio, la vejación, la destrucción gratuita, el sufrimiento. Antonio de la Fuente, demostrando una vez más su gran capacidad creativa, teatral y sensible, da vida a un texto de voces y lamentos, de desgarro, de soledad, de apariencia, de desconsuelo, con la crudeza que requiere el tema y con la capacidad absoluta de sobrecogernos.

Mercedes García Carrasco con su voz potente y desgarrada, su aliento de protesta y queja, matizando colores grises y negros, voz de aristas y amarga, voz de madera, nos transporta a un mundo cruento. No está atada de pies y manos, pero arrastra su desconsuelo. Hay niebla en el aire que respira, hay sabor a tierra, hay espejos que no reflejan su abismo, hay desnudez y cicatrices y sangre, aunque no se vea, hay abandono y lágrimas aunque no se derrame ninguna, hay aullido y sufrimiento.

En el pequeño espacio donde se representa este magnífico montaje, monólogo a cuatro voces, repetitivo y somnoliento, los chelos lloran de dolor, el camino se diluye, la maleta queda abierta para que el viento esparza los mensajes y los vestidos queden impregnados de tierra y babas pegajosas.

El autor nos habla en el programa de la valentía de los espectadores, pero son ellos, los creadores, los que nos hacen valientes, los que transforman la visión, no solo del espectáculo, sino de la forma de presentar la realidad por muy escabrosa que sea. Para eso sirve la poesía, para tomar conciencia, para que aunque no entendamos, sintamos, para salir reconfortados pensando que otro teatro es posible, que no estamos anquilosados.

La golondrina del amor oscuro

La golondrina del amor oscuro

Para escribir esta crónica no me voy a basar tanto en el texto, ni en la interpretación, ni en la puesta en escena. Todo ello, por otro lado, impecable. Me basaré en los sentimientos, en las emociones encontradas, en los silencios, en lo que se dice, en lo que pasó, en lo que sucederá después.

Quiero creer que los tiempos en los que hay que ocultar la condición sexual, sea cual sea, están pasando. Que no se toma como capricho, ni mucho menos como enfermedad que hay que curar, que es hermoso sentir el amor venga de donde venga, que no debe perderse la palabra por no atreverse a confesarse el cariño.

Hay que encontrar esa palabra en el desván oscuro y dar a conocer los secretos. Enredarse en la luz dejando atrás las sombras. Hablar el mismo idioma. Cantar las mismas canciones. Más, tratándose de madre e hijo, porque entre ellos siempre habrá comprensión de sobra.

Las nubes blancas presiden un pasado que hay que orear para que no se pudra el recuerdo. Por eso viene él, un desconocido hasta ahora, para ofrecer su verdad del amor oscuro, para enriquecer los sucesos de rama quebrada de olivo, para que no haya dudas ni en el pasado ni en el futuro prometeico. Y conociendo, comprenderemos. Ya no habrá años perdidos y podremos afrontar la muerte cara a cara. In memoriam, pero insuflando vida nueva.

Y ahora sí, todo traído con la solvencia interpretativa de una Carmen Maura contenida y resquebrajada en su personaje, que se va descubriendo a sí misma en el espejo del ventanal que nunca mira. Y él, el novio de su hijo, personaje de Félix Gómez, nostálgico y aún amante, que quiere desenterrar lo que estaba callado y oculto, que quiere volver a casa (como la golondrina), aunque esta nunca haya sido suya.

Guillem Clua, el autor de La golondrina, nos ofrece un texto hecho de tierra y realidad, situación de algo común, desgraciadamente, que sigue pasando, pero que precisamente quiere esclarecer para que no siga ocurriendo. No más oscuridades. Y, como siempre, Josep María Mestres dirige con sensibilidad y momentos agridulces estos trozos de vida para recomponerlos y que salgamos del teatro con el corazón emocionado y mucho más transparente.

La loca, loca historia de Ben-Hur, (a tope)

La loca, loca historia de Ben-Hur, (a tope)

Pues tienen razón. No te creas nada de lo que te cuentan, o al menos ponlo en entredicho. Cuestiónalo, pregúntate si no será mentira, o estará maquillado, o serán falsas verdades. Porque nada es lo que parece o lo que parece puede ser otra cosa y, en definitiva, para eso están la ficción y la imaginación que cada cual quiera echarle.

Pero, ¿a qué viene todo esto? Pues que he asistido, realmente, a una loca historia, no sé si de Ben-Hur, o de Judá o de Ben-Jur o de Cristo o de Jesús o de Yavé o de romanos y judíos o de latinos (por La Latina) o de madrileños que somos poquitos, o de teatro o de cine o de risa o de La Biblia.

Ingenio es lo que hay. Y talento. A raudales. Desde el texto, magníficamente unido, relatado, construido, contado, de Lewis Wallace y Nancho Novo que le da una vuelta, o dos, o tres, a la historia tan conocida por repetida, que la admitimos como real. Pero su pluma, (la de escribir, que no sé si tiene otra), retuerce el retruécano dándole la vuelta y nos sirve una comedia intrépida y muy divertida, llena de gags y de guiños, repleta de sabiduría y cultura, (no se asusten por estas palabras tan sesudas y temidas, (la cultura no se come a nadie, paréntesis sobre paréntesis)), y nos traslada a una época histórica que creemos conocer y ni p… idea.

Para ello, colaboran con su sentido del humor tridimensional, los de Yllana en la dirección y producción que juegan, se divierten, imprimen ritmo, interactúan con el público, manchan las paredes (figuradamente, “niño, eso no se hace”), se ríen de su sombra y nos lo hacen pasar de historia (suspensa).

Cuentan para ello con un elenco en el corazón y en el escenario, entregados, desbordantes, simpáticos, niños revoltosos, salidos de madre (que no les hace falta), y encima, unos de otros, (no, perdón), encima bien coordinados, cómplices, inspirados por trabajadores y bien preparados.  Agustín Jiménez, (no puedo evitar equipararlo con el gran Cassen), cada vez que lo veo me sorprende más, llena con su sola presencia el escenario y lo borda el tío como si estuviera comiendo caramelos. Elena Lombao y María Lanau, reivindicativas, sensuales, entusiastas, magníficas, imprescindibles. Víctor Massán y Fael García, que son, hacen, están, y todos los verbos de acción dramática cómica con la soltura del buen hacer sin tiquismiquis. Y Richard Collins-Moore, ¡dios!, poeta, cantante, centurión, rey, lo que quiera con desparpajo y simpatía a borbotones.

Todo ello en Teatromascope, es decir, escenografía en imágenes con elementos cinematógráficos y teatrales de siempre.

La loca, loca historia de Ben-Hur, si quieren pasarlo en grande, Ben-Hur a tope.

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