BILLY ELLIOT, por segunda vez

BILLY ELLIOT, por segunda vez

Los buenos espectáculos hay que saborearlos dos veces. Hay que escuchar las voces internas, anhelar como Billy Elliot, sentir la emoción de la lucha, adentrarse en las buenas canciones, las coreografías, el montaje escénico,… pero para no perderse nada y deleitarse completamente hay que verlo, al menos, dos veces. O más.

Billy Elliot nos transporta a otra dimensión. Nos presenta la vida duramente y, al mismo tiempo, lo hace con grandes dosis de humor. Y mucha, mucha sensibilidad.

Hay en el escenario y en el ambiente, poesía. Lo especifica el propio protagonista cuando cuenta qué siente cuando baila. Se siente libre. Se siente volar. Se siente eléctrico. Como si el cuerpo no pesara. Nube en el cielo.

Aunque hay heridas también. Una huelga que mata de hambre y mala sociedad a los mineros. Hay incomprensión en los deseos. Hay frustración en lo que no se puede conseguir. Hay crítica y enfrentamientos.

Las coreografías entre policías y obreros son magníficas. Todos los intérpretes sobresalen como el fuego. Desde el joven Elliot, en esta ocasión interpretado por Alonso Fernández, pero estoy seguro que cualquiera de los otros cinco chicos que están preparados para otras funciones  estarán espléndidos. Dirigidos por David Serrano, todo el elenco se mueve al ritmo de la música de Elton John y asistimos solidarios a la crisis de los mineros.

Luz y poesía en este maravilloso musical. Miradas de agua y sonrisas tiernas. Corazones palpitantes y solemne decorado que no escatima medios.

La música en directo y las canciones, los bailes, el vestuario, todo al detalle, se consolida con una gran historia que no deja indiferente, que es el reflejo de muchos sentimientos.

Es un espectáculo soberbio. Que hay que ver dos veces. O tres, o cuatro. Para disfrutarlo al máximo, para ver la claridad en los espectáculos musicales, para encontrarse con uno mismo pidiendo la palabra, la libertad, los derechos, los sueños cumplidos. O, simplemente, para disfrutar del momento.

Alguien voló sobre el nido del cuco

Alguien voló sobre el nido del cuco

Sí, Alguien voló sobre el nido del cuco, y lo hizo planeando suave. Podía haber ido al este o al oeste, como los gansos del cuento, pero lo hizo sobre el nido del cuco, porque hay dentro de ese alguien algo que no encaja. La falta de libertad. Y el protagonista, huyendo de que lo encarcelen, consigue hacer libres a los pobres pacientes “dementes” que están sometidos por la excesiva sensatez de la enfermera Ratched. Sensatez traducida en represión. McMurphy vendrá, no a desestabilizar el sistema, sino a abrir los ojos y la mente de otros, sacándolos del miedo, haciéndolos fuertes, creyendo en sí mismos.

Dos de los que consiguen ser libres, hallan la muerte. Pero el tercero, el jefe indio vuela sobre el nido del cuco también y, por fin, se hace grande. Y los que quedan serán conscientes de la grandeza y la posibilidad de volar, ya todo será diferente.

Confieso que me atraía ver cómo se llevaba a escena esta gran historia. Dale Wasserman, el creador de El hombre de la Mancha, adaptó la novela de Ken Kesey, que luego se convertiría en éxito cinematográfico.

Hoy nos la presentan un grupo de estupendos actores españoles, a las órdenes de Mónica Vic. Todos los aspectos están cuidados con detalle. Hay blancura aséptica, pero también suficientes dosis de electricidad y luces, representación de sistema nervioso, cinturones que sujetan y oprimen, shock, control entre cuatro paredes.

Cada intérprete maneja a su personaje dotándolo de los tics adecuados y encerrados en sus mentes diferentes. Lo hacen no sin esfuerzo considerable, con la soltura de quien ha estudiado cada gesto, cada matiz de la voz, cada mirada, cada silencio.

Alejandro Tous nos trae un McMurphy transgresor, pero simpático, valiente y, también, emocionalmente humano. Sonia Castelo consigue con su tiesa enfermera Ratched ofrecernos esa moral estricta y represora; desde luego el público no se pondrá de su parte. Excelente.

Todos los demás también impecables. Quince intérpretes en total, nada fácil coordinarlos, hacer grupo y esencia, ser todos notables. Niko Verona, con su disfemia perfectamente trabajada, junto con sus temores e inocencia. Quim Ramos y su jefe indio que, además, teatralmente, nos ofrece su poesía en forma de pensamientos y reflexiones. Fernando Tielve, Sergio Pozo, Jesús Vidal,… cada uno de ellos desnudos y asustados, fuertes y diferentes.

Que alguien se atreva a volar sobre el nido del cuco y que no se quede. Que todos vengan y sepan lo que se siente.

Desde el sofá

Desde el sofá

El sofá es uno de los muebles fundamentales de una casa. Primero, porque llena espacio; eso es indudable, a veces, incluso, demasiado. También porque en él descansamos nuestro cuerpo derrotado tras una dura jornada de trabajo. Porque es de donde vemos las mentiras de la ventana tonta (ya, por su aspecto, no podemos llamarla caja).  Donde nos reunimos cuando viene exceso de visita a casa y todos se pelean por un hueco para no levantarse a por las cervezas. Asimismo es el lugar idóneo para hacer el amor de urgencia cuando la necesidad y la pasión aprietan. El sitio donde nos quedamos dormidos irremediablemente después de comer. Y muchas más cosas. Es resumidas cuentas, no hay casa que se precie sin un sofá de calidad y confort suficientes.

Pero, cuando ese sofá lo ocupa una sola persona, y no habla, y se pasa allí las horas muertas, sin hablar, sin leer, casi sin moverse y, de repente se percata de la inmensidad del espacio, entonces se da cuenta de que no tiene nada. Que esa persona está sola, sola, sola.

Entonces le darán ganas de cantar, como a Gisela Novais, que Desde el sofá, puesto ahí por Emmanuel de Martino, y nos contará sus confidencias. Nos desvelará sus temores, nos gritará que está desesperada. Y ella misma se planteará qué es lo que busca.

Desde el sofá seguirá pensando en él, e imaginando a otro él, en la desesperación, en el silencio, en las palabras que se dirían, en las promesas incumplidas, en el deseo sexual,… porque hay tristeza en un sofá de dos plazas (o tres) cuando solo lo ocupa uno.

 Y a Ana, el personaje sensiblemente interpretado por Gisela, le hará plantearse quién es. Y nos lo canta, y nos lo escupe, y nos lo confiesa.

Hasta tiene la suerte, o la imaginación, nunca se sabe, de poder comunicar directamente con Dios para cuestionarse para qué estamos vivos, y que si la paz, que si la alegría, que si el amor.

Aunque, tal vez haya de todo y tal vez no haya nada.

Intérprete, y dirección, crean un espacio personal, pero para todos, (¿quién no ha utilizado como micrófono una lámpara sin pantalla?), nos invitan a sentarnos en el sofá para compartir desvelos, risas, cosas positivas y soledades. Acomódense para verlo en primera persona, desde el sofá.

Juntos

Juntos

Hace un par de años tuve un alumno con autismo, concretamente con el síndrome de Asperger.  Cuento esto, porque alguna vez que hablé con el padre, me vino a decir que su hijo no es que fuera discapacitado, sino que veía las cosas de diferentes puntos de vista, de otra manera.

Durante la función de Juntos, de Fabio Marra, me acordaba de este chico que, por lo demás, tenía una capacidad intelectual bastante alta, pero se expresaba de forma distinta y sus reacciones podían chocarnos en ciertos momentos. Eso es lo que le pasa a Miguel, emocionalmente interpretado por Gorka Otxoa, que tiene una percepción de la realidad a su manera. Y la madre coraje, el papel que asume magistralmente Kiti Mánver, se ve en la tesitura de protegerlo y dejarle libertad al mismo tiempo. El chico se vale por sí mismo, solo hay que comprenderlo. Kiti Mánver defiende su personaje con uñas, dientes, sensibilidad, arrojo, valentía y miedo. Se crece y somos nosotros los que la comprendemos y entendemos su desazón y sus reacciones. También ella es diferente. Después está María Castro, en un rol nada fácil, el de hermana que huyó en su momento. Con la que también tenemos que ser condescendientes. Se ha sentido desplazada, incluso avergonzada, pero teme por su madre y más por su hermano. Ella no es especial, solo requiere cariño. También llena el escenario con sus acciones. Inés Sánchez, en un personaje secundario pero, perfectamente interpretado, le da el toque de humor, la gracia, distiende. Están todos magníficos. Y eso es labor de Juan Carlos Rubio que los dirige con delicadeza y mimo, como requiere cada uno de ellos, porque lo piden, porque lo merecen.

Un texto valiente y cercano, que trata un caso especial, pero que es más habitual de lo que parece. Porque todos dependemos de todos, nadie es totalmente independiente. Nadie es totalmente “normal”, todos tenemos nuestras discapacidades, nuestras manías, nuestras formas de ver la vida de forma diferente.

Lo mejor es hacer lo que se siente. Aunque nos equivoquemos, y saber rectificar, y adaptarnos, y fijarnos que alrededor de nosotros hay mucha gente y Juntos seremos más fuertes.

LA VENGANZA DE LA PETRA

LA VENGANZA DE LA PETRA

Está bien revisitar, de vez en cuando, estos textos de autores de hace más de 100 años que, a pesar de que algunas de las tramas y argumentos quedan ya un poco lejos, nos sigue asombrando la facilidad en el lenguaje, el ritmo interno de la obra, la construcción de los personajes, el humor intrínseco y elegante, el reflejo de la sociedad de aquel momento. 

En La venganza de la Petra, Carlos Arniches no hace otra cosa que crear un cuadro costumbrista y, en muchas ocasiones, demasiado habitual en el contexto de principios de siglo XX.

Subtitulada “Donde las dan las toman”, viene a decirnos con la socarronería de 1917 que una mujer no debe permitir a ningún varón, por muy marido que sea, que la tomen el pelo. Que no son propiedad de nadie y que aquello de  “la mujer y la gallina con la pata quebrada en la cocina”, incluso en aquellos años, debe quedar obsoleto. Hoy en día, la mujer, a la primera de cambio, además de venganza, se tomaría las riendas por su mano y le daría puertas al gachó al mínimo desplante de sospecha de cuernos.

Por eso, quizás, en este montaje no nos fijamos tanto en eso y sí en la soltura y desparpajo de los personajes, en esa forma de ver las cosas ralentizada y sin agobios ni estreses de Nicomedes, el padre de la Petra, que se ve sumida en el despotismo de su mal llamado esposo.

En este caso lo dirige y lo interpreta con gran acierto, José Luis Gago, respetando el sainete, el gracejo innato de Arniches, el lenguaje exageradamente castizo y las formas clásicas de llevar a escena una comedia de humor popular y cercano.

Lo acompañan Carla Postigo como la Petra despechada, delicada, sutil, sin perder compostura, comicidad e inocencia. También un excelente Víctor Benedé, grande, comiquísimo, entrañable, simpático y arnichesco. El resto del elenco, Natalia Jara, Sonia Gascón, Juan Polanco,… también cumplen a la perfección con las pautas marcadas por el director y el espíritu de traernos esta divertida comedia que nos recuerda que Arniches nunca debe estar lejos.

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