Que pertenecemos a Tribus, grupos, clanes,… unas veces más grandes, otras mucho más pequeñas y elitistas, es indudable. Cuántas veces nos hemos sentido orgullosos de pertenecer a un grupo concreto denominándonos por el apellido, por el mote, por la exclusividad de las características especiales de los miembros que los conforman, aunque seamos conscientes de que existen otros grupos o familias o pueblos o sectas incluso en las que caben casi las mismas particularidades de las que presumimos.

En el caso que nos ocupa, Nina Raine, autora a la que pudimos degustar con el montaje Consentimiento, nos presenta una familia, una tribu en torno al habla, al lenguaje, a la voz,… o a la falta de todo ello.

El lenguaje de signos, el lenguaje directo, sin pelos en la lengua, la comunicación y la incomprensión de los integrantes de una misma familia, donde todos se relacionan, de una manera o de otra, con la forma de expresarse. El padre (Enric Benavent), auténtico machacador de las palabras, sin tapujos, aparentemente, al que parece que todos le deben algo y tiene en sus criterios la verdad absoluta. La madre (Ascen López) integradora y agrupadora, fantasiosa como las novelas que pretende escribir, ajena a una realidad que la desborda. El hijo que vuelve y no es aceptado (Jorge Muriel) frustrado y con disfemia, necesitado de los demás, quizás provocador precisamente por la carencia de afectividad y comunicación. La hija (Laura Toledo) que también usa la voz para hacerse entender, pero a través del canto, es más un aullido de auxilio. Y los dos personajes sordos, el otro hijo (Marcos Pereira) y su novia (Ángela Ibáñez) que se sienten autoexcluidos aunque pretenden normalizar la situación. Consideran que las palabras les deben algo, que están necesitados, no solo de comprensión, sino también de ternura, que entienden que no pueden aislarse a su vez en una tribu exclusivamente de sordos. Es necesario explosionar en sus emociones contenidas durante tanto tiempo, dejar los murmullos y los zumbidos de sus oídos, darle la bienvenida a la voz, aunque esté agazapada, dormida, en reposo, pero nunca muda, ni escondida.

El director (Julián Fuentes Reta) ha trabajado con esfuerzo entre el silencio, los gestos, el lenguaje. Ha entendido la esencia de esa carencia que no debe ser impedimento para lanzar la palabra a gritos, la verdad de una realidad, no ha querido callar la pasión de este texto en el que también subyacen otros temas como las relaciones personales o la necesidad o frustración de alcanzar metas profesionales.

El silencio y su agonía, la fuerza de las palabras y los malentendidos, la variedad de formas de comunicarse, la música también como lenguaje y lectora de sentimientos, la policromía de varios idiomas, y la mezcla de los mismos, incluso el de las manos, el de las miradas, el de la lectura de labios, el del habla, el de la escritura.

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