Cada día sé menos de todo. O de nada, tampoco sabría decir. Cada día me pongo delante de un número variable de alumnos y les pido que sean creativos. Que inventen. Que tengan curiosidad, que se expresen. Me miran como a un bicho raro e, incluso, algunos se encogen de hombros. Cada día les leo un poema. Cada día le propongo actividades nuevas, y diferentes. Pero no sirve de nada. O parece que no sirve de nada. La pregunta generalizada es: ¿esto sirve para nota? Y ni aun afirmándoles que sí, se esfuerzan más. Cada día me planteo si soy yo el que no sabe llegarles. Aunque los años de experiencia, cuando han pasado varios lustros y te encuentras a algunos de esos alumnos que ahora te saludan con cariño y te dicen: “hoy me doy cuenta de que tenía que haberte más caso”. No. No es el caso que me hagan a mí. Es el caso que se hagan a ellos mismos.

Juan Mayorga sabe de todo esto porque él mismo ha sido alumno (como todos lo hemos sido) y profesor durante muchos más años. Es verdad que sentarse el último de la fila te da una perspectiva general del panorama del aula. Desde ahí puedes controlar movimientos, gestos (aunque los veas de espaldas), prevenir acciones, estar más atento (si bien la creencia popular es de todo lo contrario).

El chico de la última fila no necesariamente es el más callado, ni el más gamberro, ni el más distraído, ni el más vago. En el texto de Juan Mayorga sí es el más callado. Hasta que aprende a hablar con la escritura. Ha encontrado su medio. Se ha encontrado a sí mismo, aunque siga perdido. Pero perdidos están también el resto de los personajes: el amigo, el padre del amigo, cortados por el mismo patrón; la madre, soledad e insatisfacción; el profesor, no le llamemos maestro, su propio reflejo, sus propias mentiras. No, mentiras no. Es ficción, es narración, es literatura, es prosa humana y desasistida. Y la mujer de este, perdida en una nebulosa de falso arte, a la que, si hiciera magia se la notarían todos los trucos.

El chico de la última fila es un gran texto. Y su puesta en escena es singular, donde todo queda dentro. Dentro del escenario y dentro de cada uno de los personajes, compartiendo escenas y visiones, dolores y silencios, sombras y vientos que mueven la cortina rasgada de los sentimientos. Andrés Lima nos explica sin números la aritmética del escenario y sin palabras el contenido de los personajes.

En ese escenario donde se encuentran, Alberto San Juan y Guillem Barbosa, contrapunto de dos dimensiones, origen y final, ese final que debe sorprender, pero que no podría ser de otra manera. Y Arnau Comas y Guillermo Toledo, de tal palo, tal acantilado, tal relajación de los sueños. Pilar Castro, viajando tan lejos sin moverse del sofá. Natalie Pinot, por lo que pueda pasar, los pies en el suelo. Todos integrados en el magnífico texto, en una historia que debe continuar, que no debe tener final, porque eso sería acabar derrotado, golpeados por una realidad que solo el chico de la última fila podrá verbalizar para que continúe en el tiempo. Cada día un día nuevo, un fragmento nuevo, un soñar de nuevo.

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