Los ascensores están llenos de historias. En tan pequeño espacio y en tan corto trayecto pueden ocurrir indefinidas e indeterminadas historias, anécdotas, situaciones, encuentros, diálogos, apretones, olores, silencios, miradas, vergüenzas, risas, llantos, tensiones, soledades, amistades, casualidades,…

Contradicciones: queremos subir cuando baje.

Dudas: En qué piso estará, cuánto tarda, qué estarán haciendo,…

Actualidad: vaya tiempo, hace calor, menudo frío,…

Seguridades: ¿Esto es seguro? Tan seguro como un ataúd. 

En el teatro Galileo han puesto un ascensor nuevo. Inmenso. Gigante. Parece un escenario de teatro. Servirá para un encuentro. Para deshacer una acción que aún no se ha realizado. Para entablar un diálogo endiablado o angelical, para cambiar de identidades, para reír por no llorar, para que el tiempo se detenga, para que me lleves al cielo, para que no me hunda en mi miseria.

Lolita Flores y Luis Mottola vuelven a encontrarse en este gran espacio pequeño. Ya lo hicieron en Prefiero que seamos amigos, en Carne y en La Fuerza del cariño. Ahora en Llévame hasta el cielo, aunque el ascensor se detenga. Es decir, se complementan, se compenetran, se entienden, se fusionan, y más en esta comedia, en una especie de Ghost donde uno es otra y otra es uno mientras esperan que el ascensor ascienda o se caiga definitivamente.

El texto de Nacho A. Llorente, resulta algo ingenuo y evidente, recurriendo a un personaje celestial que, a mi modo de ver, hubiera podido ser más humano y, por lo tanto, más creíble. Pero los intérpretes defienden bien su simbiosis, alzan su química personal por encima de obviedades, y sacan adelante un trabajo fresco y refrescante, necesario para animar a la gente a volver al teatro, que tanta falta hace. Juan Carlos Rubio, ducho en las lides de dirección, es condescendiente y sabe que pueden solventar la situación con desparpajo, humor y una dosis de sentimentalismo recurrente.

Contemplar la luna al raso del patio del teatro Galileo, hace que la sensación de claustrofobia de estar entre cuatro paredes de un ascensor no sea asfixiante, y eso, al fin y al cabo, se agradece.

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