Groucho Marx ya dijo que “nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”. Quizás esa sea la premisa previa para saber en qué club nos estamos metiendo, o mejor, nos están admitiendo. Toda asociación, club, grupo, clan, equipo,… se basa en unas bases, (válgase la redundancia), donde las normas serán más o menos estrictas, elitistas, exclusivistas, diferenciadas,… pero ¿todos se ajustan a esas reglas? ¿Qué hacer si algún miembro de la colectividad no cumple a rajatabla con todos los requisitos exigidos?

En el texto de El club de Santiago Pajares, dirigido por Xabier Olza, se lleva al extremo esta situación, además, con un tema que puede, hoy día, ser controvertido. ¿Aún existen clubes única y exclusivamente de hombres? Pero de hombres heterosexuales, machos, padres de familia, socialmente bien considerados, educados, cultos, nada de tendencias “desviadas”, impecables en su recto proceder (de cara a la galería, está claro). Un Club donde, además, se consolarán unos a otros pero, eso sí, sin “mariconadas”.

Ese es el planteamiento. Lógicamente, saltarán posteriormente chispas, equívocos, formas de ver las cosas de distinta manera, descubrimientos ocultos durante largo tiempo,  secretos no reconocidos, confidencias, enfrentamientos, reservas, sentimientos, negación de la evidencia.

Todo ello con un diálogo bien construido, que se va desenredando para clarificar al personaje al que pretenden incluir en este elitista Club pero, al mismo tiempo,  servirá para destapar las conciencias y las emociones de los otros socios que, confortablemente, habían asumido su estatus de privilegiados y confidenciales afiliados. Y nadie será entonces ni totalmente varón, ni tan estrictamente masculino.

Los intérpretes cumplen a la perfección su cometido, su rol, su posicionamiento en este Club tan desmedido. Juan Antonio Molina, un mayordomo o fámulo elegantísimo, discreto, que no se asombrará por nada, ni perderá su compostura, como es exigido. El pobre Alberto, el posible nuevo integrante de este Club sin nombre definido, Rodrigo Sáenz de Heredia, que ejerce un magnífico y estupefacto hombre aturdido, y que será, a la larga, el más íntegro. Xabier Olza hará un excelente hombre de principios, pero principios equivocados, al que le costará asumir su condición de solitario reprimido. Y Juan Madrid, el más transparente, sin tapujos, sencillo, divertido.

Los cuatro verán tambalearse los cimientos de sus reglamentos estrictos, y ellos mismos se plantearán si pertenecer a este Club dará credibilidad a esta sociedad de ficticios códigos y preceptos ridículos.

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