De aquellos polvos, vienen estos lodos. Lodos por los que habrán de pasar los conquistadores conquistados, los mal llamados descubridores, porque lo único que querían era descubrir oro y plata, pertenencias, territorios, esclavos, placer, latrocinio de una cultura diferente a la cristiana, a la de ellos, no teniendo en cuenta a los otros.

La historia se repite y se vuelve contra uno mismo. No ha cambiado mucho. La diferencia es que antes éramos los poderosos y volvimos escaldados. Los que volvieron. Muchos se quedaron en el camino, en el mar, en el desierto, en terreno pedregoso.

José Sanchis Sinisterra indaga en su texto en dos obras del propio Álvar Núñez Cabeza de Vaca: Naufragios y Comentarios. Ahí descubre el horror, la masacre, la sinrazón, el sufrimiento, las penalidades y desventuras de quienes iban a ejercer de poderosos y acabaron derrotados con el rabo entre las piernas.

Y con gran acierto, el autor lo traslada a nuestra conciencia actual, personajes que se nos aparecen y hablan como fantasmas en una esquizofrenia justificada por tamaños desmanes y nula conciencia de actos vandálicos desproporcionados.

Magüi Mira dirige este gran montaje, donde los actores se impregnan de miseria y desastre. Hay podredumbre y deformación, terreno pantanoso, tormentas y catástrofe, tragedia y comedia, aunque no a partes iguales. Y apreciamos brotes de Tadeusz Kantor, el movimiento de Macunaíma, el lenguaje de Nieva, el naturalismo de Galdós en Misericordia.

El elenco realiza un enorme trabajo. Físico y psíquico. Es un trabajo plástico y contundente. De vísceras y de emoción, coral y potente. Jesús Noguero, en ese ten con ten de no saber si hace lo que debe. Es magnífica la escena donde con su indígena Shila, Karina Garantivá, hablan de no entenderse, de lenguajes y hablas diferentes y, sin embargo, llegan a saber cada uno qué es lo que quieren. David Lorente y Rulo Pardo, junto con Jorge Basanta, en una estupenda interpretación cargada de humor y dramatismo, supervivientes natos, con ese carácter que imprime fuerza cuando las cosas se ponen contracorriente. Un gobernador encima de un caballo, Pánfilo de Narváez, Pepón Nieto, grande siempre, aunque tenga que perecer porque en los Naufragios siempre alguien desaparece. Y Mariana, Clara Sanchis, la mujer que espera, casi 500 años, aunque ella no teje y desteje como Penélope, la que nos une con este mundo tan nuestro de hoy en el presente. Los soldados, la esposa que, contracorriente, sigue a su marido para que no se despendole aunque al final sea ella la que juegue. Y el monje, y el escribano que toma nota, y el coro indígena de mujeres que, como en las tragedias griegas, representan ese pueblo que siente y se defiende.

Naufragios de Álvar Núñez, del Centro Dramático Nacional, que en este montaje no solo se salvan, sino que se merecen un sobresaliente.

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