Howard Carter tenía un objetivo en la vida. Hallar y descubrir la tumba del último faraón de dinastía de sangre real en Egipto, Tutankhamon, imagen  viva de Amón. Persiguió, no sin esfuerzo, ese hallazgo hasta que lo consiguió. Y nos dio a conocer, 3000 años después, una cultura diferente, una historia apasionante, y una cantidad de secretos en joyas, urnas funerarias, íconos, armas, utensilios varios, muebles, toda una auténtica escenografía y atrezo de una trama complicadísima de predecesores, reinado, o las causas de su muerte temprana.

La exposición, Tutankhamon: la tumba y sus tesoros, que se halla en el recinto ferial de Ifema, es de una elegancia superlativa. Bien espaciada, bien iluminada, bien explicada. Tanto en sus paneles informativos a pie de compartimentos, como del audio guía que pormenoriza detalles y anécdotas.

Un prólogo en la antesala de la exposición ya nos abre boca para situarnos en ese mundo misterioso y atrayente del antiguo Egipto. Después, un vídeo explicativo es el primer acto, planteamiento de las maravillas que nos encontraremos seguidamente. Y ahí, se nos abre el telón de la primera cámara donde aparecieron todo tipo de objetos, que ya auguraban el nudo de una historia apasionante del personaje, pero también del descubridor Carter al que podemos imaginar obnubilado ante tanta belleza, secretos, objetos, sorpresas.

Vamos pasando por los distintos escenarios que son las Cámaras del Tesoro y la Cámara Funeraria, reproducidas en la misma disposición, con el mismo tamaño, con los mismos detalles ornamentales.

Tutankhamon

Así, vamos apreciando estatuillas, objetos, símbolos, posesiones, sarcófagos de todos los tamaños, jeroglíficos icónicos, dioses, carros, baúles, joyas, amuletos, luz, color, el aire y la oscuridad con la que pretendían que su faraón alcanzara la inmortalidad y siguiera vivo para siempre, aunque aún hoy se desconozcan las causas auténticas de su muerte, de ese final prematuro con 18 años y que cerró abruptamente sin descendencia que perpetuara su estirpe.

Una hora y media, o más, que se pasa sin darse cuenta. Un recorrido hacia atrás mirando hacia ahora, donde la opulencia, el fasto, el ornato, la iconodulía, el misterio, la historia, la arqueología, hacen acto de presencia, y el desenlace es esta exposición soberbia.

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