Nuestra vida se va forjando desde que nacemos en función de con quien nos relacionamos. Las enseñanzas que recibimos de nuestros progenitores, nuestros maestros, nuestros amigos, nuestros vecinos,… y también de lo que vamos experimentando, lo que nos hayan permitido, lo que hayamos forzado y provocado,… la búsqueda del éxito y los múltiples fracasos.

Nadie puede aislarse a todas estas influencias mientras no sea un ermitaño, un anacoreta, un bicho raro.

Como un imán, hay personas que nos atraen más o menos, y que desde el principio, desde el primer encuentro, sabemos si vamos a tener algún tipo de conexión o nos van a producir rechazo.

Nacho, el personaje de Fele Martínez en Todas las mujeres, está acostumbrado a manejarse entre el sexo opuesto al suyo. Desde su madre, Lola Casamayor, que desde siempre le ha dejado hacer lo que quisiera para, de alguna manera, quitárselo de en medio, y que no diera demasiado trabajo. Pasando por su amante, Lucía Barrado, ilusionada por algo que resultará falso. Su antigua novia, Nuria González, despechada y muy superior en capacidad a un personaje que vive del engaño. La cuñada, Mónica Regueiro, ya decepcionada de una ilusión de antaño. Y Ana Álvarez que interpreta a la psicóloga a la que acude el protagonista por encontrar una salvación que será su perdición, porque ya no tendrán cabida sus manejos, su juego, su baile (esta vez con la más guapa), sus aires de conquistador, su afán desmedido de tenerlo todo previsto, de ser el rey del mambo, de creerse protegido por su simple halo.

Daniel Veronese dirige este texto de Mariano Barroso y Alejandro Hernández, donde principalmente destacan precisamente el elenco al completo, los personajes realistas y humanos. La historia en sí es solo una excusa para mostrarnos esas relaciones humanas que nos influyen siempre tanto.

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