Una alegoría es una “ficción en virtud de la cual una cosa representa o significa otra diferente”. Se intenta hacer patente por medio de diversas metáforas a fin de dar a entender ideas, emociones, pensamientos, sensaciones, sentimientos,… de tal manera que se representen simbólicamente algunos hechos abstractos de nuestra sociedad actual para darle sentido humano.

Lo que se pretende es despertar conciencias, llamar la atención sobre la importancia de las relaciones humanas, olvidarse de vez en cuando de lo puramente material, conseguir un mundo y una sociedad más equilibrada y justa. Buscan una profundidad en los sentires y pareceres de esa sociedad cada vez más deshumanizada. Son críticas satíricas, y angustiosas también por otro lado, de comportamientos, actitudes, soledades, desencuentros, egoísmos,… que imperan con demasiada frecuencia en nuestros días.

De esta manera, Calderón de la Barca, maestro en autos sacramentales, en obras de corte filosófico y espiritual pero, al mismo tiempo, sobrecogedoramente humanas, nos lleva esta vez a un mercado. Al Gran Mercado del Mundo. Donde todo es factible de comprarse y de venderse, de adquirirlo o rechazarlo, de seducirnos o de repudiarlo. Para ello, alegóricamente, hace revivir en forma humana a la Soberbia y a la Humildad, a la Inocencia y a la Malicia, a la Lascivia y a la Gracia, a la Culpa, a la Fama, al Buen Genio…

Los textos mantienen esa aura magnífica del barroco donde Calderón era maestro incuestionable. Y hete aquí que llega la Compañía Nacional de Teatro Clásico con el Teatro Nacional de Catalunya y se aúnan bajo la dirección de Xavier Albertí para traernos esa alegoría en forma de alegría. Porque comprenden que el mundo no deja de ser un tío vivo que no para de dar vueltas, donde unos se marean, otros se enganchan y disfrutan de amaneceres y atardeceres y algunos se apean. En medio, las tentaciones, la culpa, la búsqueda, el riesgo, el éxito y el fracaso. Y para situarse con precisión y seguridad, hay que tener, al menos, un talento. Y en este mercado mundanal saber invertirlo sí, pero también que se reconozca, que no pase desapercibido, rentabilizarlo, en una palabra.

Así, entre penas y glorias, con música de vodevil y cabaret, en el rastro de baratijas y grandes objetos, los personajes buscan su equilibrio, con la compra-venta de restos en fechas señaladas de valores materiales, espirituales, económicos y filosóficos, donde se pretende medrar y no caerse del tío vivo.

Lo pasé realmente bien viendo este auto sacramental de forma profana, actual y dinámico, coordinado, crítico, magistralmente interpretado, arriesgado, con talento, y también divertido.

Bitnami