“Déjate vivir” le decía Ana a Nicolás, Ángeles a Miguel, y a nosotros nos lo dice José Sacristán, espectadores compungidos y maravillados de presenciar este soberbio monólogo de extrema sensibilidad, de agonía, de melancolía, de nostalgia, de sosiego también, de soledad.

Tres elementos grandes en la puesta en escena. El texto de Miguel Delibes, exquisito en la adaptación teatral, sembrado de ternura y amargura, de poesía y realidad. El inmenso José Sacristán, que nos deja hundidos en las butacas, deleitándonos con su voz y sus palabras, haciéndonos llegar su desgarro, abriendo hondos sentimientos en el corazón y nosotros casi sin poder hablar. Y el director, José Sámano, que se transforma en cuadro, Señora de rojo sobre fondo gris, en gris espacio escénico, en atardecer de ausencia, en susurro casi mudo de saber mirar atrás.

Descarnado cuadro sin marco, inmenso retrato de un golpe al sentimiento, no podemos dejar de contemplar y escuchar, lágrimas al borde del ojo, apenas se oye respirar. Aquí es cuando el arte cobra vida, se personifica, literatura cromática, aunque solo sean dos los colores que prevalecen. El gris de la tristeza y el rojo de la pasión de amar.

Entendemos que nadie es eterno, que habitamos en un cuerpo que nos puede traicionar, pena de la soledad. Sombras, claroscuros, tú ya no estás. Y el actor nos lo trae a la memoria, a sus palabras, nos la hace sentir tan de cerca, que casi las podemos tocar.

“Déjate vivir”, aunque estés sin libertad, aunque estés en soledad, aunque estés sin inspiración, aunque estés sin ganas de vivir porque te falta la mitad.

Déjate caer por el teatro Bellas Artes para que puedas apreciar este impecable lienzo teatral.

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