Cuando Nora se aleja se hace gigante. Crece, abandona La casa de muñecas y dejará de ser un simple adorno en su casa. Curará sus heridas, aunque estas sigan sangrando. Le habrá costado lágrimas, soledad, dudas, desesperación, quizás arrepentimiento, pero ansiaba la libertad y cree haberla conseguido. Puede ser un precio demasiado alto. O no lo suficiente. Aún hay flecos pendientes, aún hay estigmas del pasado, dependencia de un matrimonio y sus papeles, sumisión a un establecimiento social demasiado diseñado para los hombres.

Con su vuelta puede que remueva ciertos hedores. Que le recriminen su actitud pasada, (eso no han dejado de hacerlo nunca), que le echen en cara que una mujer no puede tener alas propias y se debe a los demás, pero ella no está dispuesta a ser esa muñeca que mueven en una estancia con delantal y paños de cocina, con sonrisa perenne, abnegada y sumisa, porque si es verdad que tuvo que renunciar a la comodidad e, incluso, a sus propios hijos, no fue por egoísmo como quieren hacerla ver, sino por los propios principios de quien sabe lo que quiere. No vuelve arrepentida y con las orejas gachas, vuelve para seguir manteniéndose fuerte.

Aunque la nieguen. Aunque la den por muerta. Aunque la encierren. Nada es sencillo ni transparente. Cada uno tiene sus intereses, sus razones, su parte de verdad y su equivocación, su punto de dolor, sus inquietudes que en muchas ocasiones depende de los otros.

Y Nora está dispuesta a escuchar, pero también a reivindicar que la historia de su libro la ha escrito ella, que es de ella, aunque haya otros personajes que en él se reflejen.

La obra, dirigida por Andrés Lima, tiene ese espacio opresor de casa cerrada, aunque los ventanales sean gigantes, tiene ese fuego perenne que pretende crear calor de hogar y solo es pasión interna latente. Tiene amaneceres artificiales. No hay comodidad, es solo artificio decorativo por el que dirán de las gentes.

Los cuatro intérpretes defienden sus personajes con ardor y convicción. María Isabel Díaz Lago es la “Poncia” de este tremendo reencuentro. Ver, oír y callar, morderse los labios, sufrir por quien más quiere. Elena Rivera, esa incipiente Nora que, aunque no quiere seguir los pasos de su madre, no puede dejar de admirar su valentía, su arrojo, sus quereres. Roberto Enríquez, que no quiere apagar el rescoldo, que aún piensa que no está todo perdido, que se sigue preguntando qué hizo mal, porque su actitud solo es fruto del ambiente. Y la grande Aitana Sánchez-Gijón, la que se hace gigante en palabras y hechos, en sensibilidad verbal y en emocionales silencios. La Nora que vuelve para no quedarse, la Nora que a pesar del portazo, y de no mirar hacia atrás, sin arrepentirse, lo siente.

La vuelta de Nora de Lucas Hnath, Ibsen enfrente.

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