Puedo comprenderlo, a pesar de ser un hombre. Lo entiendo y lo repudio. Lo desprecio. Lo condeno. Lo denuncio. Lo detesto.

Me revuelve las tripas, el sentimiento. La conciencia, la impotencia, la desesperación cada vez que surge un caso nuevo.

Porque pienso: eso es lo que conocemos, lo que sale a la luz, pero ¿cuántos casos hay a diario, a oscuras, entre las paredes de nuestros propios vecinos, en nuestro ambiente socialmente placentero?

Sí, puedo entender a Dolores Garayalde cuando sitúa en un sótano oscuro, desvencijado y viejo a una mujer, una más, atada de pies y manos, amordazada, apaleada, vejada, inmovilizada por el miedo. Y no necesariamente de forma física, que también. Y mis emociones sienten que sí, que hay una mujer, La mujer que siempre estuvo allí, y no se atreve a salir del agujero. Que incluso se culpa a sí misma. Que intenta comprenderlo a él, energúmeno y violento, sin justificación posible, no me valen los arrepentimientos.

Y así nos encontramos a ese personaje, real, tan real que se aferra a los personajes ficticios de películas de violencia, a esas historias de miedo, de terror a lo cotidiano, de argumentos que no tienen más que la excusa de creer que la mujer, o cualquiera, es propiedad de alguien. Nada más lejos.

La autora y directora con buen tiento, va desgranando la situación hasta que vamos comprendiendo lo que pasa. Va, como en los guiones de misterio, desvelando poco a poco las intrigas de un secuestro. De un secuestro que se produce a diario, cotidianamente, en unos simples gestos como es levantar la mano, levantar la voz, romper todo tipo de respeto, chantajear emocionalmente, hacer que la víctima se sienta culpable y se quede en un terrible silencio.

Para eso pone a un personaje que son dos. Dos personajes que es solo una mujer luchando contra sí misma, porque aún queda un resquicio, por lo menos, para salir corriendo y pedir ayuda, aunque ella quisiera ser como Kill Bill y hacer justicia sin remordimientos.

Victoria Peinado Vergara y Patricia Domínguez del Pino son esos dos personajes, que viven con miedo, pero también con deseo de que todo cambie. Se hablan, se necesitan, para ellas, que es solo una, es una vía de escape, tan solo hay que tener la decisión de hacerlo. Por eso es importante buscar la salida y, si es necesario, echarse un cubo de agua fría por el cuerpo.

El teatro nos abre las puertas de este sótano al que solo habría que bajar para buscar un vino viejo y que no nos encontremos con lo que nadie, en su sano juicio, queremos.   

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