Que un teatro se preocupe y dé voz a la poesía y a los poetas ya es, de por sí, encomiable, es locura, pasión, sentimiento. Cada mes, Teatro Tribueñe organiza unas veladas de poesía y versos, de canción y música, de emoción y encuentro.

Conforman, de esta manera, una especie aparte. Una Tribu de poetas, que lejos de estar en la reserva de los extinguibles y fuera del sistema, viven, sienten y padecen. Pero, también, ríen (que los poetas no tienen por qué ser tristes), cantan, se enamoran, crecen y, como los viejos rockeros, nunca mueren. Siempre crecen y aparecen.

En algún rincón olvidado, no oscuro, en algún sitio recóndito pero accesible, en la barra de un bar, en el banco de un parque, en el escenario de un teatro pequeño. Allí se reúnen y le cantan a los pájaros, a las nubes, a las estrellas, a la luna desnuda, a lo intangible. O no se reúnen y, en solitario, escriben, escriben y escriben para después recitar con voz rota, o con voz dulce, o con voz de aguardiente, o incluso con voz silente. Son los poetas. Ellos y ellas. A los que muy pocos comprenden. ¡Y qué les importa si entre ellos se quieren!

Este martes asistí a una de estas veladas de poesía y canto, de versos y sentimientos, de poemas y canciones.

En escena, un piano, una mesa, un taburete, las luces, gente esperando escuchar lo que ellos sienten.

Los rapsodas, Miguel Rollón y Alicia Aza, desgranado versos, metáforas, experiencias, alternándose en unas lecturas de sus poemarios para contarnos sus entrañas, sus venas, su corazón, sus quereres. Y en el piano, Helena Fernández Moreno, acariciando con sus manos la poesía hecha música, recitando con deleite. Y la voz de la soprano Daniela Tabernig, que nos transporta a las nubes blancas del arte.

Además, lo recaudado se destinará a la Asociación sin Ánimo de Lucro Bislumbres para promocionar actividades artísticas tan necesarias en un país que se precie. Y luego dicen que los poetas somos un poco extraterrestres porque admiramos a la luna y nos sumergimos en el océano de las palabras vivientes.

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