De todos es sabido que la profesión de actor es de lo más gratificante, pero también de lo más ingrato. Es decir, quien tiene a bien tener como oficio ser actor/actriz, disfruta, indudablemente lo hace porque quiere, porque lo necesita, porque no tiene explicación, pero lo siente. Pero, al mismo tiempo, sufre los inconvenientes de un trabajo inestable, discontinuo, lleno de trampas, mal repartido, de éxitos y fracasos, como si estuvieran siempre sometidos al clima de la intemperie.

Así, unos y otras se van venteando como pueden, siempre pendientes del teléfono, de los casting, de recomendaciones, de proyectos, de ilusiones, de que les tengan presentes.

Representar una obra de teatro es darse con un canto en los dientes. Participar en una película es una bicoca, aunque dure poco y sea un personaje silente. Formar parte de una serie de televisión es un premio de lotería cruzando los dedos para que tenga permanencia en el tiempo y arraigue entre espectadores y tenga capítulos siguientes, porque así el trabajo está más o menos asegurado y se podrá comer caliente.

Eso es lo que les pasa a los tres protagonistas de Relax, desconstruyendo a los clásicos, actores de una supuesta serie de éxito que deciden retirar porque, al fin y al cabo, llevan quince años en antena y ya no son tan jóvenes ni irreverentes. Ahí empieza el calvario de nuestros personajes supervivientes.

Miguel Vigil escribe esta comedia con la acidez, el humor, el sarcasmo, la ironía suficiente para reírse de esta situación y hacernos reír a los espectadores. Él mismo se reserva uno de los personajes, versátil, cantautor, actor de comedia y tragedia, celoso, guapo, alto, imitador,… pero no desespera y buscará trabajo hasta de Hamlet si hiciera falta. Con él, Félix el Gato, este sí, alto de verdad, pero no mucho más guapo, siempre ocurrente, también improvisador nato, don Juan aparente, humorista hasta en los silencios, hermoso ser viviente. Y Pilar Machi, coquetería y toque femenino que refresca el ambiente, dicharachera, realista, contundente.

Los dirige Carlos Pardo, que creo que los deja hacer porque son primorosamente solventes, aunque se podían haber engarzado las escenas más sutilmente.

La comedia no deja de mostrar una realidad un tanto asfixiante, pero saben darle ese toque de distinción y añoranza, y sin darle demasiada importancia, nos van soltando chascarrillos y chistes evidentes, pero necesarios, para indicarnos que los actores no pueden en ningún momento vivir de Relax ni de éxitos pasados, que tienen que estar alerta siempre.

 

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