Después del trabajo comienza una nueva vida. O no. Aún supeditamos el trabajo como eje central de nuestra actividad diaria y cotidiana. Pero lo que parece un relax para desentumecer neuronas, obsesiones por las cargas laborales, posibilidad de desquitarse de estreses y tensiones, no deja de ser una continuidad en esa jornada opresiva. Porque, es verdad que surgen las risas, la posibilidad de poner de vuelta y media al superior inmediato, de enterarse de cotilleos que a nuestro departamento no llegarían,… pero, precisamente por ello, no acabamos de desconectar, se mantiene ese nexo de dependencia y continuidad en la oficina, en la empresa, en la rutina.

En Afterwork de David Barreiro, tres compañeros, amigos, conocidos, rivales, se reúnen para beber unas birras y soñar con su propia empresa, con su propia y constante forma de ganarse la vida. Lógicamente, hay reticencias, dudas, diferentes puntos de vista que habrá que debatir sin prisa.

Y, en medio de esas disquisiciones, van surgiendo roces y destapándose mentiras, ocultaciones, silencios, envidias.

El autor consigue introducir un lenguaje totalmente al uso y funcional hablando de empresa y familia, proyectos y caminos, responsabilidad y fracaso, conciencia y sistema, futuro y pasado, reestructuración, departamento, realidad, sueldos, perfiles bajos, el éxito se mide por la planta que se ocupa y, sin embargo, el texto no se hace pesado ni engorroso, sino ameno, con algo de intriga, y mucha simpatía.

Bruno Ciordia dirige a estos tres empleados con miras. Vicente Camacho, Fernando Coronado y José Carretero, que ejecutan con precisión sus roles, que nos transmiten su angustia y su melancolía, sus deseos de medrar, su respuesta en contra de las normas establecidas, su posicionamiento en una sociedad tremendamente capitalista.

Después del trabajo la jornada continua. Después del trabajo les propongo ir a ver teatro, eso sí da energía.

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