Hacer teatro es quererse. Quererse uno mismo y querer a los demás. Y, dentro de eso, cabe todo lo demás.

Cabe odiar y cabe experimentar. Cabe decir, hablar, expresarse, bailar, cantar y estar en silencio. Cabe reírse de uno mismo y sufrir por los demás.

Porque el teatro, siempre se ha dicho, lo es todo. Incluye todo. Incluye otras artes, otras disciplinas, otras ideas.

Y por eso Manu Medina pretende hacer con su escuela un teatro inclusivo. De personas, de textos, de escenografía, de músicas, de vestuario, de espacios, de sueños.

Y no lo hace para querer ser mejor. Sino para que lo seamos todos. Para dejar de lado la mediocridad y, por supuesto, la intolerancia, las barreras, los prejuicios, la inhibición artística.

De eso nos habló en su clase práctica. De hacer visible lo que se quiere ocultar. Y solo podemos darle las gracias.

¡No! No es cierto.

No debemos limitarnos a darle las gracias. Hay que colaborar, hay que apoyar sus ideas y su trabajo, hay que comprender que todos vivimos en sociedad y que, sí, somos distintos y ¡viva esa diversidad!

Pero Manu Medina no hace las cosas porque sí. Ahí tiene su experiencia con discapacitados intelectuales, con Down, con ceguera, con esclerosis múltiple, con inteligencias sensibles y con la normalidad entrecomillada de nuestra cotidianeidad.

Hoy tocaba aplaudir, pero también participar de este proyecto que ya es realidad. Se extiende como con las enseñanzas de Séneca, su amalgama escénica. Primero será la comedia del arte, después el teatro de la antigüedad clásica, para llegar al teatro contemporáneo de Meyerhold o Grotowski, Peter Brook o Artaud,…

Porque somos un poco/mucho Tarambanas (persona alocada y de poco juicio) y estamos poniéndonos un chaleco y un sombrero casi hongo para darnos visibilidad.

 

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