La Vivares. A la altura de todas esas actrices que Chelo Vivares menciona en un momento dado para rendirlas homenaje. En realidad, toda la obra de Las Teodoras, de Hugo Pérez de la Pica, es un homenaje al difícil oficio de ser actriz en tiempos convulsos, míseros, pobres, decadentes, represivos, oscurantistas, quizás un poco locos, desmedidos con restricciones, grises, pacatos, beatos, lacerantes. Y aún hoy en día ser actriz tampoco es nada sencillo.

Frente a los hombres actores, ellas tenían que demostrar mayor talento, declamar con propiedad no exagerada, ser cómicas siendo trágicas, y viceversa, acarrear la fama de pelanduscas, no tener arraigo en la familia.

El autor y director de Las Teodoras, en referencia a Teodora Lamadrid, profesora de dramatización de María Guerrero, entre otras, nos regala este texto lleno de poesía y teatro. Con un sentimiento trágico de la escena del siglo XX, cuando las compañías de teatro tenían que dormir sin calefacción, pasar el frío de la miseria, y enfundarse en personajes y dramas históricos porque, simplemente, creían en su arte.

En ocasiones me ha venido a la memoria el texto autobiográfico de Adolfo Marsillach, Tan lejos, tan cerca, cuando retrata descarnadamente el desarrollo de lo que fue el teatro de la posguerra.

Actrices. Grandes actrices. Grandes damas de la escena, como se solía calificarlas. Y todas ellas en la versatilidad de Chelo Vivares, por su amplio registro, por su larga trayectoria, por emoción interpretativa vivida de dentro a fuera.

De todo eso nos habla, mientras crujen las tablas del escenario, de llorar de mentira y de “los ojos secos de tanto llorar para adentro”. De la interioridad del personaje y de la seducción de la actriz divina, del atractivo y de la fascinación, de los desahucios sentimentales, de las diferentes maneras de interpretar con el paso inexorable del tiempo. Desnudarse para conseguir un papel, justificarse con una reacción desmedida porque lo pide el personaje. Mil vidas, contadas en pequeños fragmentos con una delicadeza y sensibilidad exquisita en la dramaturgia y en la dirección, y una precisión en la voz y en el magnetismo que nos transmite  La Vivares.

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