Las manos, aparte de ser una parte fundamental del cuerpo humano, son o pueden ser, muchas cosas. De manera simbólica y de manera tangible. Pueden expresar sentimientos, ofrecer caricias, golpear, ocultar, dar, recoger, mostrarse enérgicas o vulnerables, VIDA.

Javier Aranda nos ofrece una historia.  Tierna, emocional, sentida. Y lo hace con sus manos y su voz, y su creatividad inaudita.

En VIDA, hace magia con ellas, pero magia teatral, magia poética, magia de luz que irradia alegría y melancolía. Sus manos flotan primero, navegan después, vuelan, se transforman en sí mismas en humanas. Él y ella. Y después el chico que nace de una rodilla. Javier Aranda se convierte en padre de unas criaturas simpáticas que tiene deseos, que están llenas de aire, pero, al fin y al cabo, nosotros, personas completas, también somos un 75 por ciento de agua.

Agua y aire, amanecer a partir de una canasta de costura. Con la habilidad de conseguir que las manos respiren y hablen, vean, crezcan, abracen, se besen, se descompongan y vuelvan a la VIDA.

Títeres que tiritan. Manos que nos echan una mano. Manos unidas. Manos que aman, manos que si están solas se echan de menos, manos que descubren y nos descubren un mundo de poesía. Manos que tocan. Manos cercanas. Manos con corazón, que señalan, que indican, manos protagonistas.

El poder sensitivo de estas manos de Javier Aranda pasa al latido de las nuestras, que aplauden como si estuvieran vivas, solidarizándose con el exquisito espectáculo que nos acaba de ofrecer este mago de unas manos mimosas donde el intérprete interactúa con esas manos vivas como si no fueran suyas.

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