Cráneo privilegiado, el de Valle Inclán con esta obra en la que sienta las bases de un teatro moderno, distinto, arriesgado, directo, sin tapujos, denunciador de una sociedad mísera y corrupta.

Nunca perderá vigencia. Nunca me cansaré de verla. Nunca dejará de sorprenderme.

Max Estrella es uno de los personajes más emblemáticos de la historia del teatro. Pero es que los personajes de Luces de Bohemia son también grotescos, deformes, borrachos, peculiares, y hacen de la obra el primer esperpento, el que distorsiona la imagen con los espejos cóncavos y convexos del callejón de Álvarez Gato.

Alfredo Sanzol, dirigiendo a un elenco magnífico encabezado por Chema Adeva, Juan Codina, Paula Iwasaki, Ángel Ruiz, Gon Ramos,… entre otros, con un total de 16 intérpretes, nos introduce en ese Madrid siniestro que recorren Max y don Latino a base de espejos que no reflejan el alma de los personajes, sino sus miserias, una realidad social de pobreza y precariedad.

Luces y sombras. Espejos y realidad. Personajes reales y ficticios interrelacionados y confundidos. El lenguaje irrepetible de Valle, el silencio de los espectadores que asistimos con devoción a un gran montaje y que nos deleita y nos hace creer que el teatro no pierde vigencia porque hay cráneos privilegiados que nos lo ofrecen con entusiasmo, respeto y profesionalidad. “Salutem plurimam”

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