Aunque la fecha se nos quede ya pasada, no es el año precisamente lo que nos inquieta. George Orwell se aventuró a escribir y situar el marco de su obra en tan solo un período de unos 36 años desde que la escribiera. Demasiado poco tiempo. ¿O no tanto? Porque, al fin y al cabo, a lo que el autor nos introduce no es a la futurista tecnología, ni al poder político omnipresente a través de la vigilancia extrema. Sino a un poder que cercena la libertad, la cultura, (cuantas menos palabras se sepan, menos capacidad para pensar), las relaciones sociales, la manipulación del individuo que deja de tener entidad por sí mismo para ser solamente rata de laboratorio con el que experimentar, hacer trabajos de simplicidad vejatoria, a mantener la lucha y la guerra perpetua para que no crezca demasiado el espécimen humano, a manipular, si fuera preciso, hasta el pensamiento y, por supuesto, los sentimientos.

La versión de Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca, con dirección de este último, va de una rigidez que nos esperamos, un movimiento de estructuras y golpes, las consabidas pantallas con el ojo del Gran Hermano o Hermano Mayor, el color negro, la oscuridad, la tenebrosidad de un ambiente poco acogedor, a un terrible y duro alegato sobre el sufrimiento, sobre lo que es la resistencia hasta que ya no se puede más y se confiesa lo que no se ha hecho, a la represión tétrica y violenta, pero queriendo justificar con argumentos lo que no tiene nombre y esperemos que no suceda aunque miedo dan ciertas formaciones políticas del momento.

En este montaje soberbio en cuanto a la rigurosidad del texto, en cuanto a la represión que se vive como eje del argumento, se deja escapar ese resquicio de sentimiento que si los opresores consiguieran cercenar es cuando sería traición sin remedio. Sí, teóricamente y con el corazón, los personajes principales están dispuestos a matar y morir si fuera necesario, a suicidarse si fuera preciso, a conseguir un mundo más humano. Pero eso no interesa, hay que crear ese dios nuevo, hay que volver cuerdo a cualquier quijote que busque libertad y justicia, hay que tener a nuestro servicio a muñecos.

Alberto Berzal encarna un protagonista mortal y humano, que sufre y comprende que no le pueden lavar el cerebro como lo están haciendo. Su personaje se engrandece por momentos, e incluso cuando ya está derrotado lo marca magistralmente y dan ganas de salir a ayudarlo. El resto del elenco, Luis Rallo, encarna un odioso y frío oficial del estamento gubernamental que da miedo por su educación y hieratismo estudiados. José Luis Santar, que interpreta varios personajes imbuido por el ambiente aterrador de silencio y misterio. Y Cristina Arranz que pasa de la fuerza a la dulzura y de ahí al apocamiento impuesto. Todos en su sitio, sin quitar protagonismo a la historia, esta historia que esperemos quede siempre en ficción y en entretenimiento que nos ayude a lo contrario, que propugne, a pensar y a darnos cuenta de  que podemos llegar a convertirnos en simples instrumentos.

 

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