Cuando una historia cala hondo salva espacios, distancias, tiempos, idiomas, culturas, costumbres, y se queda en el sentimiento, en el corazón, en el arte, en la sangre, en la piel,… aunque esta sea de otro color, mestiza quizás, y trasciende literaturas, teatro, poesía, cine, pintura, silencios,… esa historia, que es una historia de amor, pero también de lucha, de supervivencia, de territorio acotado, de odio, de desarraigo, de identidad, de valentía, de miedo, de mezquindad, de orgullo,… una historia de corazones jóvenes palpitando enfrentados por convenciones sociales, de corazones enamorados a pesar de las diferencias inevitables (o sí), y si a esa historia le ponemos un buen narrador, unos buenos intérpretes, la suficiente melancolía, alegría, dolor, dulzura, intriga, ritmo, movimiento, palabras y diálogos, silencios, músicas y canciones, ambiente, deseo, pasión, muertes,… nos tocará, nos volverá a tocar la emoción aunque ya la conozcamos, aunque la sepamos de memoria, aunque la hayamos visto mil y una veces, aunque se repita cada cierto tiempo.

Eso pasa con West Side Story, la historia del lado oeste, la historia de Shakespeare, la historia de Jerome Robbins, la historia de los amantes condenados a no ser felices, la historia nuestra de la sociedad de cada día, la historia del amor y los desencuentros.

Pasa el tiempo, y sigue habiendo miedos, “ellos tienen miedo”, y por eso defienden lo que creen que es suyo, o lo que piensan que también puede pertenecerlos, pasa el tiempo y el problema de inmigración se agrava, pasa el tiempo y dos enamorados siguen queriéndose en secreto, pasa el tiempo, y alguien sigue muriendo por falta de comprensión y de entendimiento, pasa el tiempo y la comedia se transforma en tragedia, y nos sigue conmoviendo que aunque pase el tiempo es como si el tiempo no pasara.

Federico Barrios respeta profundamente la puesta en escena original porque se nota que ama la historia, y la música de Leonard Bernstein se nos sale del interior que teníamos guardado y la disfrutamos bajo la batuta magistral de Gaby Goldman y su excelente orquesta, y los actores, que cantan y bailan, sufren y nos la hacen personalmente cercana y directa, y la historia vuelve a nuestro recuerdo, a nuestro sentimiento, a nuestra emoción, a desear que Tony y María, Julieta y Romeo, puedan llevar a cabo su amor sin complejos. Sabemos que no será así, pero lo queremos; mas ellos son fieles, fieles a su propia historia, fieles a contarnos de manera maravillosa que la historia que vemos es la  historia del amor imposible, pero eterno.

 

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