Los móviles son armas de destrucción personal, aunque se usen para relación social. Hoy mismo he leído una carta de un profesor y periodista uruguayo, Leonardo Haberkorn, que renunció a seguir dando clases ante la imposibilidad de comunicarse con sus alumnos de forma directa y que no estuvieran dependientes del teléfono. Y cada vez son más, somos más, los que caminamos por las calles, sin apreciar por dónde vamos. Solo nuestra vista en la pantalla del celular para hacernos creer que no estamos solos.

Y resulta que ahí dentro, escondemos nuestros secretos. Aunque se presume de que somos transparentes, de que no hay nada que ocultar, de que solo es una herramienta de comunicación que nos permite estar al día y ser muy, muy populares.

En Perfectos Desconocidos de Paolo Genovese se refleja a la perfección esta dependencia que puede ser una trampa, que hará que se deterioren nuestras ya alarmantes y difíciles relaciones personales.

En este texto, cargado de humor, acidez, ironía, ternura, soledad, miedos, amistad, drama,… están los hechos cotidianos de cada día, personajes reales y cercanos, situaciones comunes que, en muchas ocasiones, pasarán desapercibidas porque no dejarán de ser pequeños secretos que, aparentemente, no perjudican a nadie, mientras ese nadie no se entere.

Daniel Guzmán asume la dirección con la naturalidad y verosimilitud de quien conoce el tema, como lo conocemos todos. Pero cuenta con ese guion ágil e incisivo, cargado de idiosincrasia hispánica, yendo de un problema a otro como se abordan aquí las cuestiones que nos afectan directamente. Y lo hace con un elenco desbordante de buen hacer. Inmersos en sus roles humanos no solo en las palabras, sino en los gestos, en los silencios, en las miradas, en las inseguridades.

Y nos llega. Y nos sentimos identificados y hasta llegamos a tener pudor y vergüenza ajena. Y los comprendemos, pensamos en nuestros propios secretos e intimidades, en los descuidos de nuestra atención a la pareja, en la justificación de que, quizás, no nos comprendan bien, en el temor de ser descubiertos, en el miedo a abandonar nuestra zona de confort, en el ingenio que ponemos para hacer creíbles esas mentiras hasta que todo estalla.

Los móviles encima de la mesa, sin claves ni contraseñas, en manos libres, que todos puedan ver que la importancia está en las personas que tenemos cerca. A más de uno le acarreará problemas.

Y una recomendación final imperativa: por favor, cuando vayan al teatro, dejen por dos horas el móvil, apáguenlo, que esperen los mensajes y las llamadas, y disfruten de la interpretación sin injerencias externas.

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