En 1883 Henrik Ibsen estrena Un enemigo del pueblo. 135 años después su vigencia es tan actual y arraigada como entonces.

Álex Rigola se arriesga con una versión libre totalmente diferente. En realidad, no representa la obra. Nos la cuentan unos actores que se hacen pasar por unos personajes, pero asumen con su propio nombre lo que les ocurre o piensan los creados por Ibsen. Es decir, Israel Elejalde es Israel aunque afirme que es médico, su hermana la alcaldesa es Irene Escolar aunque se apellide de otra forma, y así sucede con Nao Albet, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes.

La trama es solo una excusa. Para abrir un debate, una asamblea, una mesa redonda, un texto argumentativo sobre principios de democracia, libertad, acciones, lo que debe decirse y lo que debe callarse, intereses, intelectualidad, la función de la política y la prensa, la manipulación de la información, el capital.

Es verdad que el teatro está vivo, debe estarlo, que se acerque a la realidad actual, pero siempre lo ha hecho desde la ficción o desde argumentos que hace que empaticemos con personajes y situaciones con los que nos identificamos. Sin embargo, en esta versión no hay acción. No hay emociones. Solo queda la palabra, lo que los actores piensan y dicen, no lo que les sucede ni lo que sienten. Me chirría que el médico Israel me hable de aguas contaminadas, cuando lo que realmente está diciendo es que hay que atenerse a unos principios, y bla, bla, bla… Por esa razón se cubren las espaldas subtitulando la obra como Ágora. Porque se convierte el escenario en un Foro donde se opina que si el sufragio universal es necesario, que si la opinión pública está equivocada porque la maneja el poder de la prensa, o los intereses manipuladores de la política,… se va el tema por las ramas, igual que pasa en el Parlamento o en el Senado, y que si los resultados se distorsionan… Pues mire, está muy bien que Un enemigo del pueblo sirva como acicate para plantearse cuestiones sobre la verdad y la mentira, lo que se oculta y lo que se dice, sobre la integridad de quien pretende sacar a relucir la verdad simple y llanamente. Pero, ese debate debe surgir del mismo texto en sí, al finalizar la obra, y no convertirla en la representación en sí misma.

Decepción por gran parte de los espectadores que en realidad hemos sido oyentes. Mire usted, como dicen los políticos, es como si nos dijeran que las cosas no son como parecen, son como ellos quieran presentarlo y si no les gusta, no vengan ustedes más veces. Una obra de teatro convertida en controversia, deliberación, a la postre, solo palabras de intérpretes.

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