La muerte siempre ha dado mucho morbo. Y más que la muerte, los asesinatos. Los crímenes curiosos, inexplicables, un tanto fantasmagóricos. Los cadáveres aparecidos en extrañas circunstancias. Las investigaciones con secreto de sumario. Los casos por resolver, las pesquisas que despistan, la noticia negra, los sucesos desconcertantes.

Juan Gamba, actor versátil y guapo, de palabra y gesto, cómico y dramático, con una gran variedad de registros, nos va relatando sin ese morbo antes mencionado, pero con precisión de narrador oral, diferentes hechos acaecidos a lo largo de la historia de las muertes imprevistas. Unas reales, y otras de ficción. Y lo hace como si fuera un Cronista de sucesos que ha heredado del padre la pasión por el periodismo de investigación escabrosa, sangrienta, inquietante. Y, además, con dosis de humor e ironía. Con la elegancia de quien no se mancha las manos de sangre ni deja pruebas que puedan incriminarlo.

Así, en su carpeta azul escolar guarda recortes y crónicas, nombres, hechos, pruebas, evidencias. Y porta sombrero como buen reportero. Y tirantes. Y una chaqueta con un agujero de bala de vete tú a saber qué momento. Y libros. Los de Max Aub, Cornell Woolrich, Liliana Cinetto, Pía Barros, Andrés Berlanga. Ellos le cuentan de primera mano, en primicia, las circunstancias de tales hechos luctuosos. Y Ángela Conde, la directora, le lleva por buen camino, le deja pistas para que no haga excesos, para que no se extralimite en su variedad de personajes y no parezca más un loco que un emocionado relator de sucesos desgraciados. Vamos, que no sea un “Caso” perdido.

La palabra que puede hacer matar y morir. Los casos que no se han publicado. Un chivatazo, o una llamada a la policía que llegará tarde por falta de datos. Y desgrana con acierto y buena interpretación la mala psicología de “la maté porque era mía” pero no lo era en realidad. Esos pensamientos que todos hemos tenido cuando no hemos soportado a tal o cual persona solo por un gesto, porque son desagradables, porque no hay quien lo soporte y quitándolo de en medio se hace un servicio a la sociedad, cada vez más corrompida sin remedio. Y habla sin aburrirnos, (ya dijimos que la muerte tiene morbo), de suicidios que pudieran no serlo, de que la muerte está presente porque hay vida, precisamente, de accidentes que pudieran no serlo, de fallecidos a los que no hay forma de entrevistarlos aunque se estén quietos, de escenarios diversos, porque en cualquier lugar, en cualquier momento, puede aparecer un finado o, en su defecto, un actor que nos lo hace ver encima de un escenario y le aplaudimos por ello.

Bitnami