Nace un muchacho con ansias de volar. Como muchos tantos otros. Pero este quiere volar de otra manera. Quiere hacerlo desde la ilusión y la sorpresa. Desde los sueños y las emociones.

Nada es imposible, se dice. Y pretende demostrarlo. A su manera.

Usando las tecnologías que hoy imperan, vídeos, marketing, música, luces, la inmediatez del tiempo, la realidad virtual, la magia nueva.

Vuelve a los juegos con las cartas, a la adivinación de números y palabras, a la transportación corporal, a recomponer lo que se rompe, a convertir en humo pañuelos de seda. Pero lo hace desde el humor, la chispa inmediata de las respuestas que le dan, la experiencia de quien sabe lo que se maneja.

Y utiliza el Mago Pop, Antonio Díaz, claves del cine y de series de actualidad para atraernos y traernos, si hace falta, un dinosaurio de los que ya no quedan. Y recompone el pasado, va marcha atrás, y hace que entren y salgan de los vídeos ya grabados el presente y lo que llega.

Para ello, acertadamente, hace que nos envuelva una música, unas canciones realmente buenas. Y entre unas cosas y otras, oculta y nos enseña. Desde la pelotita más pequeña hasta el helicóptero más grande, desde un comic hasta una cifra en una pulsera.

Nos habla de la inteligencia colectiva mientras nos va dando un sinfín de sorpresas. Predice lo que ocurrirá, es magia, improvisa, crea.

Tienen su función también las luces y las sombras, no se olvida de los niños, y nos infunde una energía positiva, efecto Pigmalión, que nos pone una sonrisa en la boca y un gesto de absoluta candidez mientras a él se le ve disfrutar en escena. Nada es imposible si quien te lo dice te lo demuestra.

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