Las redes sociales suben al teatro. También copan los escenarios. Por mucho que nos adviertan antes de empezar la obra que apaguemos los móviles, siempre hay alguien que lo deja conectado. Que le suena en medio de la función, que le entra un mensaje e, incluso, he visto a quien escribe whastapp, sus mensajes en medio de la representación.

En esta ocasión nos dicen que no los apaguemos. Aunque los quitemos el sonido, eso sí. Son, o serán, el vehículo del tema que trata el texto. Son necesarios en la medida en que estamos en un momento social en los que dependemos de ellos.

Y ahí es donde está todo el intríngulis (busquen la palabra en Google) de Faraday (El buscador) de Fernando Ramírez Baeza. En formato thriller americano el autor nos deja involucrarnos en un sistema de verdades a medias y de mentiras virtuales que pasan por ser reales. Hay una lucha por el poder, hay (aunque parezca insólito) relaciones humanas, hay perfiles falsos, hay intereses poco claros. La codicia tan antigua sigue imperando en las nuevas tecnologías. Las redes lo invaden todo.

Somos como esos peces que se ven atrapados en los plásticos de los botes de bebidas. En nuestro afán de hacer visible absolutamente todo, llega un momento en que sabrán más de nosotros que nosotros mismos, y nos lo creeremos. Y usurparán nuestra identidad, nuestra imagen, nuestros gustos, hasta nuestra voz y diremos lo que nunca hemos pronunciado.

Paco Macià dirige la intriga con intriga, con pocos elementos, los necesarios. No puede faltar la gran pantalla que todo lo ve, el ojo del gran hermano. Pero, después, su apoyo son los actores, como no podía ser de otro modo. (Esperemos que tarde todavía el que veamos en escena intérpretes holográficos). Pedro Miguel Martínez, José Manuel Seda, Alicia Montesquiu, Javier Collado y Ana Turpin, se cuelan en personajes de acción, de carne y hueso, aunque sus circunstancias sean más de un mundo cibernético y de espionaje.

Y después te queda esa sensación precisamente, la de que nos están vigilando, de que somos lo que los demás ven de nosotros, y si no estás en internet no eres nadie, no existes. Es como si quisiéramos luchar contra la soledad a fuerza de móvil en mano. En la era de la comunicación no sabemos comunicarnos con el que tenemos al lado. Y de eso se aprovechan quienes manejan nuestros datos.

Menos mal que aún el teatro se puede apreciarlo en directo, de primera mano.

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