Después de haber degustado una excelente cena, comienzan los acordes de la guitarra española, continúa la voz como chorro de luz, lamento, alegrías, bulerías, fandangos,… le siguen las palmas de las dos bailaoras, sentimiento puro, concentración, ‘zapateao’ de protesta, brazos al aire, inmovilidad en un momento dado, mirada al pasado y al presente, a la ausencia, a la querencia, pecho enaltecido, palmas al ritmo interno, cimbrean las caderas, respiran los dedos de las manos y las muñecas, me defiendo de la pena, bailo por mi amor ausente, como Penélope le esperaré hasta que vuelva, pero no tejiendo, sino cantando y bailando, tocando la guitarra, apelando al alma y al flamenco, aquí en estado puro, en El Cortijo del arte, barrio de andaluces, Vallecas y, mientras, zapatean, cantan al amor, a la justicia, a la pelea, pueblo que no se calla, la luna en los lunares del vestido, las flores de mi tierra, la peineta, un requiebro, ningún paso en falso, nadie se va por peteneras, el cuerpo se retuerce en un ¡ay!, y se engrandece, protesta, y el sudor sale a borbotones, es arte en toda su esencia, y vuelve la guitarra a tañer la melancolía de la espera, la nostalgia de quererte, Jaime González, que acaricia las cuerdas y las domina, y él son ellas, y después Cristina Soler, con su voz que desgarra el aire, que susurra, que protesta, que canta lento para que Alejandra Gudí, por ejemplo, baile a paso lento, y se juntan agua y minas, y explosionen después en un movimiento de piernas imparable, en un ‘zapateao’ trepidante, llamando a las puertas de la sensibilidad inquietante en este Madrid de arte, flamenco, talento, genio, duende, inherencia de música y poesía, encanto, esencia e insolencia.

Carolina Fernández le pone corazón, y tiene a bien sacar adelante este magnífico proyecto, esta realidad de Taberna Flamenca hecha con pasión, amor y, si hiciera falta, sangre. Pero hay fuerza, complicidad, familiaridad, profesionalidad, flamenco del bueno que refresca.

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