Dominic Miller

Oigo la música que corta el aire, los versos del poeta, el ritmo, la cadencia, la rima libre y acompasada, asonante, los versos de pie quebrado de Jorge Manrique, el punteo, las cinco espadas que rasgan las cuerdas, pero también oigo y siento los romances medievales, los sonetos de Quevedo, las endechas tristes y de lamento, las silvas y las décimas, el ritmo popular de quien está contento,… leo en el sonido la poesía social de Ángel González y Blas de Otero, la de José Agustín Goytisolo y Gabriel Celaya, todos los ismos de las vanguardias, y la emoción ineludible e inaudita de la generación del 27. Todo eso siento cuando escucho las canciones de este concierto.

Ya Luis Morate nos introduce en lo que vamos a escuchar también luego. Es el prólogo de este libro musical y poético que nos emociona y nos contenta y nos traslada a otro universo.

Luis Morate siente la música desde dentro, la lleva en el corazón y la saca hasta sus dedos, la pulsa en las cuerdas de la guitarra y hace que se convierta en verso.

Después llega Dominic Miller, sencillo, trovador, mensajero. Sentado como si nada, nos ofrece un repertorio lleno de palpitaciones, compases, arte musical de misterio.

Como si nada, como si fueran sus palabras, nos va contando con su música que hay amor, que hay que buscar, no quedarse en silencio. Va por valles y montañas, ríos, nubes, la oscuridad de los sueños, y nos quedamos embelesados como si se nos hubiera aparecido un genio.

Nada de eso, es Dominic Miller en la sala Galileo, desgranando nota a nota, verso a verso. Y nos deleita también su hija, voz de sirena en medio del océano. Poco a poco nos van ganando terreno. Queremos que siga y sigue, hasta quedarnos medianamente satisfechos. Quisiéramos más, y más sabiendo que este es su último concierto, de momento.

Un placer degustar de estos poetas musicales sus canciones en directo.

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