Edith Piaf

He visto a Edith Piaf con los ojos cerrados. He leído su música, he escuchado su soledad de corazón roto. He degustado su amar por encima de todo, sus adversidades y su carácter para salir adelante. He notado su presencia en la oscuridad de los focos apagados, delante de los telones rojos.

Y ella me ha hablado con su lenguaje de canción, con su lengua de música, con su voz de la calle. Su calle, sus casas, su ambiente. Se mueven, la acompañan, ella es Francia, París la hace suya, lleva todo el bagaje de su historia pasional y la sed de sentirse viva y la necesidad de que la abracen.

Leonardo Padrón escribe un libreto poético y desgarrador, tierno y real. Es Edith Piaf en la piel de una gran Mariaca Semprún. La vive, la siente, la sufre, la ofrece. La quiere.

Nos muestra su voz portentosa, su vestido negro, su pasión desenfrenada. La vida no es rosa, aunque ella lo cante. Pero ahí están sus amantes, sus desgracias, su enfermedad, su vuelta al pasado, su deambular contra sí misma. Y también sus éxitos, las canciones que todos sabemos, los aplausos, la artrosis, sus 47 años en un instante.

Asistimos a un espectáculo notablemente emocional. Con un texto monologado de la propia Edith, con una sensibilidad extrema en las palabras y en las formas, la vida del artista en medio de sus magníficas canciones.

Non, je ne regrette rien, La Foule, Milord,… parece fácil cantar como ella, porque suena tan bien… Mariaca Semprún no la imita, se refleja en ella, nos muestra su dolor, su voz mágica, su resistencia, su derrumbe, la vida no deja de golpearla y su voz sigue siendo fresca, mientras ella nos lo cuenta, palabras de Leonardo Padrón que no ocultan su grandeza ni sus miserias.

Voz y delirio que llena la sala, las conciencias, el corazón. Canciones y dolores que nos emocionan por dentro y por fuera. Edith Piaf, eterna.

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