Los Aguacates nos aportan energía, disminuyen las inflamaciones de las articulaciones y estabilizan el ritmo cardíaco. Eso dicen, por lo menos. De ahí, puede ser, creo yo, que el autor Tirso Calero, bien baqueteado en diálogos y con la necesidad de sacar adelante guiones que necesitan frescura, vigor, flexibilidad y emociones, nos ofrezca esta comedia al más puro estilo Alfonso Paso en sus mejores años.

Los Aguacates son solo una excusa para intentar que se nos endulce una tarde de teatro. Una comedia ligera, sin grasa, o en todo caso con aquellas que ayuden a mejorar los niveles de testosterona. Degustarla en la escena nos hace activar el cerebro y sentirnos, al menos, medianamente satisfechos.

La consumimos en crudo, partiendo de algo tan sencillo como que un político que pretende medrar y al que no le pega nada un amigo aventurero y “donjuán”, madure y esté apto para el consumo social de sí mismo. Ese político tiene una hija, pero la hija quiere tenerse por sí sola y pasa lo que pasa y sucede lo previsible, aunque el padre en principio, y como buen político no se entere de nada. Pero no acaba ahí el enredo, y un personaje en las antípodas del político le consiga sacar, como suplemento energético, el colesterol malo y fluya el bueno, el que le rejuvenecerá la piel y los sentimientos.

Las escenas se suceden previsibles y el director, José Saiz, deja a sus actores que favorezcan su buen funcionamiento. En primer lugar, Juanjo Artero que, sin hacer excesivos aspavientos ni histrionismo, moderadamente exagerado, es el que más carcajadas consigue sacar del frutero. Jesús Cabrero no retiene niveles neurológicos y no le va a la zaga al primero. No solo no oscurece al personaje, sino que le da juego. Lucía Ramos y Ricardo Saiz completan las vitaminas de esta ensalada con un buen tratamiento.

Los espectadores comensales están bien predispuestos, saborearán estos Aguacates hasta llegar al hueso.

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