Hace poco terminé de releer a Bukowski. No lo leía desde mis tiempos de adolescencia y lo cogí con el ansia de poeta, de ver si mi percepción había cambiado. Si ya no me alucinaban sus poemas de sexo, transgresores en cierta medida, admirando la sinceridad del que no tiene nada que perder, del crápula, del inadaptado de la sociedad, del que no tiene pelos en la lengua.

Efectivamente, fue así. Ya no me admiraban sus alusiones directas al sexo, al alcohol, a las drogas, a las putas baratas, a la soledad autoimpuesta. Bukowski es un buen poeta, pero ya no tenía para mí el halo de maldito, de poeta de culto, de poeta autodestructivo que se critica a sí mismo y al mismo tiempo se recrea y ser regodea en su mierda.

Hoy Joaquín Dholdan también bucea en su personalidad, en su vida, en sus poemas. Y nos los presenta humano, que lo era, desesperado, solitario, alcohólico (que lo era), enamorado, desubicado, consciente a pesar de todo, lúcido, sensible, siempre poeta.

Paco Vicente Cruz lo interpreta sabiamente. Sin estridencias. Quizá menos amargado, más cercano, sin dejar que ningún detalle se pierda. Su director, Miguel Valiente, lo contiene, va a la esencia. No se queda solo en las apariencias.

Posiblemente, en la vida real, Charles Bukowski no hablaría tanto, se limitaría a leernos sus poemas, pero en un monólogo de este estilo hay que explicar por boca del protagonista ese yo interno que le mortifica y remuerde la conciencia. No es un mal chico, se deduce de esta puesta en escena, es un hombre necesitado de ella. Bukowski, sin ella.

Necesitado también de los otros, de su público, de sus lectores, y por eso no los menosprecia, aunque no los quiere demasiado cerca. A Charles Bukowski siempre le acompañan las tormentas. Las externas y las que lleva en su cabeza. Y eso le hace desesperarse aunque no se dé ni un minuto de tregua.

Bukowski la espera a ella. Llegará tarde y, a pesar de eso, no se marchará. Estar esperando sabiendo que, al final, acabará derrotado, pero no vencido, porque ella es su aliciente, siempre ella, esperando y no llega.

Hay, por tanto, un apocalipsis, no vendrá, pero a pesar de todo, lo va a compartir con todos, aunque no esté ella.

Y ahí, nos convertimos nosotros en ella, sus versos serán para nosotros hasta que la boca y la garganta se queden secas de tanto alcohol, de tanta soledad, de tanta miseria, y los labios queden en carne viva, después de recitar sus poemas. Un trabajo que merece la pena.

 

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