Comienza con un ¡ay!, que sale del alma. Con una percusión y un ritmo africano, mezcla de razas. Fronteras que se traspasan.

En el escenario, un buenísimo grupo de músicos, de cubanos, de gitanos, de góspel, de toda España. Y Pitingo de blanco en el centro de escena, esperando a echar a volar a través de su garganta.

Mestizo y Fronterizo, nos cuenta, nos habla. Pero lo bueno está cuando canta. Suena la guitarra. Guitarra flamenca. Pero también la que saca sonidos eléctricos sin distorsionar nada.

Una soleá, lo sé porque lo dice Pitingo, y hay flamenco y hay jazz, y hay música que sale del alma. La voz peculiar del artista nos lleva a fronteras de otras épocas, a Gwendoline, a Imagine, al Ave María, a Proud Mary, a Suavemente me mata con su canción,… Y la percusión manda. Manda mensajes de latidos de corazón. Está Santana, está el Happy Day, está el público en pie, está la Luz del Teatro, están las ganas de fusionarse con el que tienes al lado, y besarlo, y bailar, y cantar, y lo que haga falta.

Pitingo ha llevado el flamenco al pop, y el flamenco le ha traído músicas y canciones que se fusionan sin estridencias ni traiciones canallas. Es música, al fin y al cabo, el lenguaje universal, el que todos entienden, el que puede hacer que mueva montañas.

Pitingo mete en el escenario la interculturalidad de países y razas, de músicas y ritmos, de canciones de rock junto a baladas. De coro de gitanos y de coro de góspel sin sotanas.

Pitingo se explaya ante su público entregado, los baila, los enardece, los calma, les ofrece su mejor sonrisa, comprende lo que le aman. Y, a cambio, nos da su talento trabajado, su no parar, su investigación, hasta su casa.

Mestizo y fronterizo, Pitingo en el Madrid que siempre ha abierto sus puertas y ventanas a quien quisiera pisarla. Viniera de donde viniera, lo que pretende es que se quedara. Y ahí Pitingo también abre sus alas para acoger con su música a los que la sienten en el alma.

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