¡Señoras y señores!, o mejor, ¡espectadores y público en general!, les voy a contar una historia. Una historia que es una obra de teatro. Una historia que es un cuento truculento, un cuento que es muy real.

Porque da igual cómo se cuente, lo que importa es lo que se cuenta, y cuenta que te cuenta que no marchemos hacia atrás.

Pero el cuento no empieza con “érase una vez”… si no que es siempre. Muy a menudo. Constantemente. Un ser humano como tal, una persona, un hijo adolescente, con dificultades motrices y de visibilidad. Eso le convierte en un pequeño tirano, no nos vamos a engañar. Necesita gente a su servicio, sean padres/madres, amigos, hermanos, o la seguridad social. Este hombre adolescente cuenta que te cuenta con la ayuda inestimable de una entregada total, hasta que ella ya no puede más. Y los padres que se desviven, aunque se hayan quedado en un pasado sepulcral. Uno en la nevera, frío e hiératico, Napoleón arrepentido de su condición sexual. Y ella, la madre, un caballo de montar. Babieca, anquilosada en el pasado, desbordada de sus obligaciones, coser, lavar y planchar, por eso la lavadora donde casi vive, es su hogar. Aún recuerda su boda nupcial. La niña que le cuida, Felicia, eje central, a la que le salen las alas y tiene necesidad de volar, en busca de la mar.

Manu Medina despliega aquí todo su potencial. Trabajar con actores y formas, con capacidad para interpretar la discapacidad. Antes les llamaban Tullidos, ahora la norma social nos etiqueta como integración para no quedar mal.

Pero, ¿qué pasará cuando al muchacho le falte toda la ayuda? ¿Cuando los demás se hayan ido a pescar? ¿Cuando salgan a buscar la libertad?

La obra, el texto, la puesta en escena se sucede sin dar una mínima tregua que se pueda interpretar. Es el teatro del absurdo de Beckett, el “final de partida”, el principio del final. Y, de repente, un corte, un descanso para la mente, para que no se nos olvide lo que es realidad y lo que es crueldad.

Cristo Barbuzano, Javier Crespo, Eduart Mediterrani y Eva Bedmar. Imbuidos en sus cascos y sombreros, no se vayan las ideas a escapar. Estupendos y distintos, muestran su gran capacidad. El personaje en ellos, no es una historia más. Porque cada caso es una historia con un drama detrás.

Una mención a la música, David García Bonacho, a la producción de Tarambana por el riesgo de apostar por estos montajes que no nos dejan indiferentes ni se deben acabar. Por tanto, no hay final para este cuento tan real.

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