Familia y teatro. Teatro y familia. A veces se parecen demasiado. A veces están estrechamente relacionados.

Hay familias pequeñas con grandes problemas. Hay compañías pequeñas, modestas, de pocos miembros, pero eso sí, muy implicados. Comprometidos, vivenciales, como en una familia en la que no puedes abstraerte de los problemas acuciantes que les acechan por diferentes lados. Familias con dificultades, que quieren superarse, renovarse, entenderse, complementarse, vivir sin tener encima la sombra del banco. Compañías de teatro que se las ven y se las desean para encontrar un espacio, para llevar a cabo un montaje, sencillo, pero no por ello menos trabajado.

Hay compañías familiares que tienen que sobrevivir alimentándose de un teatro al que acuden cuatro gatos, poniendo cuidado en que todo quede siempre bien ajustado y se les compense con los aplausos y el entusiasmo necesario.

Y, tanto familias como gente del teatro, están Locos de contento mientras van tirando, por ir disimulando. Este texto de Jacobo Langsner, nos desgrana una comedia familiar con un humor lacerante e irónico, poniendo un sabor amargo en las risas que nos están provocando. Una pareja bien avenida, sencilla, pero con muchas pesadillas que se van acumulando. Un texto ágil y acertado que se va desarrollando a través de la amargura de una sociedad y una economía que aprieta y acaba ahogando. Ella y él, nos hacen reír con su estrés, con la angustia, la agonía, el niño que no les hace caso, uno que lo ve todo negativo y otra que no es para tanto, pero se complementan, y así van tirando.

Diego Molero dirige a unos excelentes actores, Camila Bertone y Gabriel Tortarolo, que interpretan con desparpajo y osadía, que con la mirada y los gestos se lo dicen todo, pero que con las palabras cada vez se van irritando más y más, intentando vivir al día, y no pensando en el fracaso.

Una puesta en escena en negro y blanco, dibujada, retrato costumbrista, realidad cotidiana, neorrealismo teatralizado, teatro social, humor para no sucumbir al pesimismo, agonía, final inesperado.

Buen teatro para pasar el rato y olvidarnos de esos mismos problemas que, de vuelta a casa, nos están esperando. Porque la vida y el teatro son así, están interrelacionados. Y hay que hacer teatro muchas veces disimulando que las cosas se están solucionando y el teatro tiene que reflejar, con su peculiar visión de histrionismo exacerbado, que lo que nos ocurre no está tan alejado de lo cotidiano.

Y en Locos de contento, tal y como nos lo cuentan, no saldremos defraudados.

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