La Carta de ajuste nos mandaba a todos a la cama aunque no quisiéramos. Ese pitido agudo que nos indicaba un encefalograma plano como si ya no existiera más vida hasta que amaneciera.

Pero algo ocurría entonces. La vida no se estaba quieta. A pesar de la iglesia y sus imágenes que pasaban de casa en casa, y que tuviéramos que apretarnos el cinturón para la puesta de largo de la niña, o la primera comunión, o que no nos dejaran comulgar si habíamos comido menos de una hora antes.

Y no había que tirar nada. Todo se guardaba. Cachivaches, ropas viejas, los globos de una fiesta pasajera, los desconchones de la pared, que total, la humedad volverá a salir cuando menos te lo esperas, reflejado en una escenografía repleta de achiperres como para una fiesta. Y la columna vertebral, que hay que mantener recta. Que hay que cuidar, porque si se nos parte, deberemos andar en una mala silla de ruedas.

Todos estos aspectos son los que me sugieren la puesta en escena de Xus de la Cruz, que hasta en el apellido lleva la iconografía que nos presenta. Pero hay mucho más. Hay en su montaje tres generaciones y una criatura venidera, que quieren romper normas, pero que aceptan. Que se ven sorprendidas por un santo incorrupto que quiere jugar con ellas, y que se haga su voluntad según su palabra y la de la sociedad que en ese momento impera.

Y la compañía “Las inviernas” se enfrentan con una gran calidad interpretativa a un texto nada fácil ni sencillo ni convencional ni lineal ni expeditivo. En sus palabras y acciones está Valle y su esperpento religioso y social, está Lorca y su poética, está Arrabal y su surrealismo caótico y casposo al mismo tiempo, está el absurdo de Alfred Jarry y Antonin Artaud, está el teatro posmoderno de Rodrigo García o el distanciamiento de Bertolt Brecht.

Cristina Subirats representa una abuela matriarcal y dictatorial que de nada le vale, porque llevará en su seno todo el amargor de un pasado posiblemente de guerras, y la madre/hija folclórica y de peineta, Alba Recondo, más preocupada de pronunciar bien las palabras que no le salen porque se trabará en una sociedad machista y de opulencia. Y la niña, Yolanda de la Hoz, la de la espalda recta, la que no quiere asumir su rol, pero lo acepta. Las tres tendrán que saltar prejuicios y arrojar como alimento a la fiera que espera fuera al santo varón (Ángel Villalón) que no hace más que importunarlas con intenciones aviesas.

Y cuando termina la función, en el centro de la escena, el instinto animal es lo que queda, o mejor, que cada uno piense lo que quiera.

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