Hay muchas formas de afrontar un texto, de contar una historia, de representar uno o varios sucesos. Miguel de Arco conoce bien su oficio. El dramatúrgico y el de director de escena. Controla los tempos, los ritmos, los silencios, las pausas, sabe sacar partido de sus actores (y además, es que son buenos), desgrana el texto, lo asume como propio, lo quiere, lo siente. No descuida detalle, aunque esté todo manga por hombro. Sabe cuáles son las raíces, lo que hay que ocultar, lo que hay que mostrar, cuándo emocionar, cuándo reírse de la situación, cuándo desconcertar al espectador que mira con asombro.

Nos crea Ilusiones. Aunque el texto sea de Ivan Viripaev, autor del que confieso no había oído hablar hasta este momento. Y con una técnica narrativa entre el cuentacuentos y el diálogo directo, nos van relatando la historia de dos parejas que se amaron y se confundieron. El amor eterno que se rompe en cualquier momento. La fidelidad por la comodidad, lo que quisimos, lo que soñamos, lo que nos creemos. Las palabras que pueden herir y cambiar el curso de los acontecimientos. Las palabras que no se dijeron. Lo que pudo haber pasado. Lo que fue y se vivió pero sigue siendo un misterio. La difícil comprensión de las actitudes humanas, lo que se piensa y lo que se siente, lo que somos.

Nunca es tarde, siempre es pronto. Hay un lugar en el mundo que nos está esperando y puede que nunca lleguemos. Puede que estuviera allí y, de pronto, al cabo de los años, casi en la muerte, nos demos cuenta de ello.

Qué es lo que imaginamos. Qué es lo real y lo que siento y lo que siente el otro por nosotros. El texto tiene momentos poéticos y momentos un poco locos. Quién no hace locuras o desaforadamente tiene que sacar su energía interior de algún modo.

Hay un cuadrilátero amoroso. Pero ya se han echado raíces, aunque las raíces salen del lodo. Todo está viejo y roto, menos los corazones, aunque sean de ancianos que un día lo dieron todo.

Marta Etura, Daniel Grao, Alejandro Jato y Verónica Ronda, nos cuentan esta historia entrando y saliendo de sus personajes, como no queriendo implicarse del todo. Lo ven desde fuera para contárnoslo a nosotros. ¿O son ellos realmente, que viven sus vidas como si fuera un ciclo concéntrico de ilusiones y sueños que se repiten y dan vueltas como un trompo?

El caso es que mantienen la atención con deleite y sin desdoro. Queremos saber su historia, y nos mantienen la ilusión aunque sepamos que al final… No hay final, la verdadera ilusión es empezar de nuevo cada poco.

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