Escapar de la realidad. Vivir un sueño. O en un sueño. Vivir otras vidas aun a riesgo de que sean pesadillas o remordimientos. Querer recordar lo que hicimos o lo que hicieron otros. Lo que cambió la percepción de las relaciones. Realmente, ¿realmente?, no sabemos si existe el tiempo. Ni el espacio. Si todo está colocado para desordenarlo o hay que ordenarlo a medida que vamos viviendo. Por eso en los sueños todo es raro.

Dónde habitamos. En la luz o en la oscuridad. En la lógica o en lo que solo imaginamos, una trampa de las percepciones, de los recuerdos, que necesitamos como algo nuestro y necesario e intenso.

Necesitamos evadirnos, nos necesitamos unos a otros, abocados a vivirnos aunque solo sea en sueños, Anoche soñé que me soñabas, y compartir las penas, y traspasar la línea de la realidad, que puede estar en el cielo o en el infierno, si existieran ambos.

Y, al final, seremos juzgados, señoría, e indefectiblemente, querremos exculparnos, justificarnos, buscar un argumento.

Ese argumento es el que nos presenta Carlos Zamarriego en un espacio vacío, negro, en un tiempo mínimo que podría ser eterno. Y va saltando de sueño en sueño, la vida es sueño, de delante hacia atrás, mezclando el tiempo.

Los actores no están perdidos en el empeño. Darío Frías, Esther Acebo, Edgar Costas y Yolanda García Fernández, responden a las expectativas del director y autor, salen, entran, buscan, encuentran, están ausentes, se quedan testigos o son protagonistas del momento que están viviendo.

Como en Cuento de Navidad de Charles Dickens, los visitan los sueños, pero en este caso ya no ha lugar para rectificar, lo que pasó puede cambiarse, lo que no pasó también puede seguir ocurriendo, pero lo que es cierto, es que estamos sumidos en las vidas de los otros, que no somos nadie sin que los otros nos hagan nuestros, y eso es más cierto que cualquier sueño donde te sueño.

Texto y sueño, acción y tiempo.

 

 

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