¡Arriba las manos!, o mejor, métanlas en los bolsillos y saquen todo lo que tengan dentro. ¡Esto es un atraco en un teatro!
Un actor en el escenario, declamando. De repente, hombres de negro, pistolas en mano, teatro de acción y de secuestros, tres hermanos. Los hermanos Dalton no, los Martínez que vendrá a ser lo mismo, para el caso. Amenazas, disparos, gritos, golpes, y el monólogo del actor se queda esperando. Ahí están el hipocondriaco, el líder que quiere pasar a la historia pero se queda pensando demasiado rato, el niño grande al que le gustan los dibujos animados. Y una sorpresa, el héroe disfrazado de policía municipal, que es un hombre como tantos.

Y el público muerto de risa intentando averiguar cómo se solucionará este plan descabellado y, por ende, frustrado.
En un momento, el lío se ha formado, se suceden sin parar las escenas entre los malos, hay descontrol y nervios, parece que el secuestro se les va de las manos, pero está todo atado y bien atado.
El actor hispanoamericano, lo primero, al pobre no le dejan ni un minuto de descanso, y después, desavenencias, el que hace de poli bueno y el que lo hace de malo, pero no queda del todo claro. Todo se halla en esta hilarante comedia con los ingredientes mencionados.
Leo Rivera, Raúl Cano, Diego Molero, Martín Gervasoni y Ramón Merlo, se disparan casi a bocajarro, en un texto de Gervasoni y Wilfredo Van Broock, donde el mismo Gervasoni, pobre, también lo dirige metiendo mano. Versatilidad de todos los actores, interpretando al más puro estilo de los grandes cómicos de antaño.
Comedia de tiros… largos, de carcajadas sin tregua sin negociación del comisario, de ritmo endiablado y sin parar durante todo el rato, es decir, sin descanso, ni para ellos ni para los espectadores que estamos medio embobados riéndonos desde el esófago.
Bang, Bang!, onomatopeya del disparo, humor para pasar un buen rato en el teatro.

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