Desatadas y sin sentido. Desatadas del coco y de todo. Desatadas de guion. Una sucesión de monólogos con un supuesto hilo conductor para enlazar unos largos chistes y facecias con otros diálogos poco cuerdos, muchos de ellos obvios, blancos, supuestamente irónicos, trasnochados, y totalmente tópicos. Basándose en ocasiones en tacos, en el gesto de las actrices y en los gritos, entran y salen contando diferentes historias donde mencionan situaciones histriónicas de cuernos, odios, locuras.
La excusa del manicomio siempre es fácil para soltar lo que se le ocurra al autor y director de la obra, Félix Sabroso, sobre mujeres vacuas y vacías de seso, sobre conductas exacerbadas para darle hilaridad a las historias, sobre relaciones cotidianas, envidias, competitividad, incluso deseos de matar, o episodios desastrosos.
Gran parte del espectáculo se basa en la comicidad de Paz Padilla, a la que no se le niega la vis cómica y el desparpajo, pero cuyo contenido textual de sus monólogos y el de sus acompañantes, Natalie Pinot y Rocío Marín, juegan con la exageración, pero no hay acidez ni crítica social como tal, solo guiños a personajes, creo, televisivos, a mostrarnos una mujer más preocupada de su aspecto físico que de sus logros.
Futilidad, frivolidad, intrascendencia, para espectadores que quieran resguardarse de la lluvia y pasar un rato un poco tonto.

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