El oscurantismo, la superstición demoniaca, el fanatismo de unos preceptos religiosos, aderezado con la violencia y el machismo, la venganza, la incultura, el poder, el miedo,…
Al principio te piensas que encontrar una mujer semidesnuda en el bosque de manzanos puede resultar como un cuento de hadas. El fin de una pesadilla de soledad, la solución a todos los males, la recompensa a un accidente aciago. Pronto empiezas a darte cuenta, por el tono de las voces, por el movimiento ralentizado, por el dramatismo de la escena, por la oscuridad de la noche fría, que los lobos campan a sus anchas.
Esa mujer surgida de las raíces, del viento, de las nubes, que viene a traer placer y desmemoria, en realidad es una víctima a la que hay que disfrazar de serpiente, para justificar unas actitudes misóginas.
De nuevo el puritanismo, los espíritus malignos, la hechicería de creer que lo que no entendemos es malo y perjudicial. Pero lo que impera es una actitud violenta e injustificada, un abuso de poder, un desprecio, un delito por la fuerza, una sinrazón magnicida.
En Lulú, de Paco Bezerra, se nos narran unos hechos descarnados, terribles, para dar voz, de forma exagerada sí, pero necesaria, unos hechos imperantes en una sociedad que sigue padeciendo esta lacra. No es medieval, ni antigua, ni rural, ni aislada. Luis Luque dirige a María Adánez, con toda la crudeza necesaria. Sin omitir nada de esa tragedia que se masca. Y la actriz se muestra frágil, delicada, sensible, donde impera la rudeza y la falta de alma de sus ejecutores aunque parece que nunca han roto nada. Se puede respirar un aire espeso, una niebla que no ocultará nada, por más que los personajes masculinos quieran justificar unos hechos que no encuentran palabras de defensa ni disfrazándola de provocación sexual ni de seducción satánica.
Armando del Río, César Mateo, David Castillo y Chema León completan el elenco de esta obra tremenda, fatídica, nefasta. Una historia que pone los pelos de punta al escucharla.

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