El renacimiento humanista y teatral. El padre del teatro barroco y posterior. Bartolomé Torres Naharro, al que se estudia de pasada, casi solo por el nombre en 3º de la E.S.O.
Porque podemos preguntarnos que a quién le interesa hoy en día un dramaturgo que tiene sus textos en lengua vernácula del siglo XVI y que lo hace en clave de comedia con asuntos serios, que nos habla del ser humano y sus costumbres, que nos divierte con sus enredos, que crea personajes en conflicto y convierte al amo en criado y al siervo en rey, que lía con las tramas del amor y burla burlando, que nos trae desde Italia una nueva forma de interpretar para solaz no solo de nobles, sino también de vasallos, que nos muestra sentimientos y desengaños, que juega con el propio lenguaje y con los gestos, que habla de picaresca y vidas dispares de señores y labriegos, que entretiene y hay equívoco y misterio, diversión, realidad y deseo.

Pues nos interesa a nosotros, espectadores del primer tercio del siglo XXI, y nos lo pasamos de miedo. Y, por supuesto, a Ana Zamora, y su Nao d’amores, que con gran esfuerzo, delicadeza, rigurosidad y acierto, nos vuelven a traer esta producción exquisita del teatro en sus comienzos.
Con una introducción que nos pone al corriente de las premisas de Torres Naharro, “artificio ingenioso de notables y finalmente alegres acontecimientos…”,  cinco actos (o jornadas, da lo “mesmo”), decoro y personajes que no sean ciento, poniéndonos al corriente de lo que acontecerá luego, nos pide perdón por tan humilde atrevimiento.
Perdón no, le damos agradecimiento, al autor lo primero, y después a Ana Zamora por su trabajo de investigación puesto en pie con enorme éxito. El elenco, todos espléndidos, cantando, bailando, tocando instrumentos, interpretando como si fuera un juego, con un ritmo endiablado, con unas músicas que nos alegran el cuerpo, con el verso perfectamente masticado en boca, en una dicción sin impedimentos, aunque suene un vocabulario un tanto desfasado a nuestro oído interno. El vestuario florido y mágico, como corresponde a la época del renacimiento, así como los telones de un decorado de palacio que sirve para todo, y esa implicación de los actores en todo momento.
Ver esta obra es como si nos estuviéramos comiendo un caramelo. Un dulce de algodón, una porción de talento.
 

Bitnami