Solo quiero saber qué estamos haciendo aquí, dice uno de los actuantes, y terminamos (o empezamos) de la misma forma.
Yogur Piano no resuelve dudas, las plantea. No crea conflictos, se los encuentra. No pretende filosofar, pero lo hace. Yogur Piano va fermentando, aunque no tiene fecha de caducidad y el piano puede hacerse sonar con varias voces.
Esas voces que hay que dar para hacerse oír en un mundo de ruidos y músicas repetidas. Voces que hablan, pero voces que callan. Encuentros fortuitos. Al final todos hemos venido solos y la excusa de un cumpleaños es tan válida como el hecho de no tener excusa. Porque sí. Porque no sabemos quiénes somos en el fondo y nos quedamos con lo que los demás ven de nosotros. La realidad ficticia de la percepción de los otros.

El movimiento imparable, el lenguaje profundo mezclado con la cotidianidad de nuestros actos. Cada día y cada noche lo común y lo extraordinario. Y, de repente, la necesidad de golpearse para darnos cuenta de que estamos vivos, esa es la única realidad y todo, absolutamente todo, es válido. Y si no lo es, mejor ignorarlo.
Interviene también el azar, pero menos. Somos consecuencia de nuestro entorno.
Yogur Piano de Gon Ramos habla de todo esto y mucho más. Calla de todo esto y mucho menos. Y los ejecutores son víctimas y los espectadores somos los intérpretes de las ideas y emociones que nos van soltando poco a poco.
Al final, solo nos quedará mirarnos a los ojos, intentar indagar en lo oscuro de nuestro pensamiento. Ojos y mirada que reflejan la luz de lo que somos.
Pero no será el final del todo. El piano de nuestras vidas dejará un recuerdo en nosotros y el llanto del violín nos dirá realmente quién somos.
Pero, de verdad, ¿quiénes somos?

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