Es La CantantePero podría haber sido cualquier otra profesión. Y así ha sucedido durante siglos pasados. En este caso es por la edad, pero anteriormente era por el simple hecho de ser mujeres.
Una mujer tiene que disfrazarse de hombre para intentar triunfar y ser reconocida en lo que hace bien per se, por preparación, por entusiasmo, por agallas, por dedicación, por talento. Pero si a eso le añadimos que también cumplir años supone una barrera infranqueable para poder desarrollar un trabajo reconocido socialmente, valorado económicamente, admirado artísticamente, supondrá que esa mujer  tiene que trabajar el doble o el triple que un hombre.
Desde la Monja Alférez, caso real, pasando porque las actrices ya estaban mal vistas y se las consideraba de “carácter alegre”, hasta los personajes de ficción que reflejan esa sociedad machista e imperante entonces, Don Gil de las calzas verdes, El valiente Céspedes, Las manos blancas no ofenden, por poner algunos ejemplos, nunca las mujeres han dejado de pasarse por su antónimo masculino.

En La Cantante de Francis J. con guion también de Diego Braguinsky y Jaime Pujol, que lo dirigen, esa artista, buena cantante y bailarina, y además, y aunque no debiera venir al caso, pero sí viene, pareja de un productor, la protagonista tiene que engañar con su disfraz y sus maneras, no solo a sus compañeros de profesión, sino a todo un mundo de espectadores que irán a aplaudirla. ¿O solo será un sueño? Quizá sí se atreva a mostrarse tal cual es, si realmente la comprenden.
En escena, musicalmente hablando e interpretando en un ritmo casi frenético, seis actores y actrices, que cantan, bailan, hacen cien personajes, nos muestran la dificultad de ser quien se es y parecer ser otro sin dejar de ser el primero. Cantante que no puede cantar, no porque no quiere.
Solange Freyre, Leo Rivera, Rocío Madrid, Diego Molero, Saray Carrasco y Juanjo Pardo, actúan, representan a mil y un personajes, incluyendo a Laura Pausini, Tina Turner, el taxista neoyorquino o al reportero ávido de exclusivas de las estrellas rutilantes del espectáculo. Sucesión de escenas sin descanso, personajes estereotipados y cómicos, exagerados, pero con ese puntito de humanidad atrayente, esa nostalgia de ser buena gente. Y canciones conocidas y el enredo de no ser quien eres, y la envidia y la codicia, y el trepidante mundo de artistas que se precien, el éxito o el fracaso, la aceptación o el que no te hagan ni caso.
Cumplir años, se mire por donde se mire, siempre es bueno. Otra cuestión es sentirse minusvalorado, creer que tu tiempo ha pasado, tener que demostrar a cada momento que no somos un desecho viviente. Y si, además, eres mujer, apañados estamos.
Nos divertimos con esta comedia musical, pero que nada nos impida, siendo hombres o mujeres, jóvenes o talluditos, mirar siempre de frente y cumplir nuestros sueños con deleite.
¡Y que después, nos quiten lo bailado (y lo cantado), y que por nosotros no quede!

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