La memoria. Que no se pierda nunca la memoria, esa memoria que nos cuenta de los horrores, de la precariedad del oficio de algunos hombres y mujeres que creían en la cultura, la educación, en la grandeza de las palabras, del conocimiento como salvación personal, a pesar de tener que hacerlo contra elementos toscos y hoscos que pensaban que educar en libertad era estar poco menos que al servicio de los demonios.
La esfera que nos contiene somos todos. Nadie está por encima o por debajo, nos dicen, y es verdad, siempre hay algo nuevo, distinto, que tenemos que descubrir, arriba o abajo, o en los lados.
Aunque se sigan empeñando en cerrar los ojos y en hacer oídos sordos.

Y, aún así, pretenden justificar que lo que hicieron era porque se les había ofendido y solo fue un ojo por ojo. ¡No! Que no nos engañen por más tiempo, ya tuvimos bastante con aquella época oscurantista y beata, con esa cerrazón de no querer salir del pozo.
La esfera que nos contiene, de Carmen Losa, nos lo quiere recordar porque no se debe perder la memoria. Porque es necesario sacar a la luz lo que está mal enterrado, y no son solo huesos, sino esos fetiches que aún imperan, esos miedos, ese coco del que habla uno de los personajes, no vaya a ser que seamos capaces de pensar nosotros solos.
En una vuelta al pasado, no tan lejano, Leyre Abadía e Ion Iraizoz nos van desgranando con una emoción creciente la historia de unos maestros, de un pueblo cualquiera, de un periodo histórico. Y aparecen otros personajes que sí eran el coco. Justa memoria magníficamente puesta en escena por directora e intérpretes. Complicidad en una y en otro.
Con el apoyo de imágenes reales, de noticias reales, de decretos auténticos, de personajes reales, nos ofrecen un testimonio desgarrador, que quedó impune para muchos de los ejecutores y que hoy no debe amilanarnos recordar, porque es la forma de aprender para no caer en los mismos desmanes y errores.
Y el teatro, la poesía, las canciones, la ciencia,… esa esfera que da vueltas y en la que estamos todos, tienen que servir para estos y otros menesteres del recuerdo histórico.
¡Qué gran homenaje a los maestros que viven con pasión un oficio nunca suficientemente agradecido, ni pagado, ni reconocido!
En ese aspecto ha cambiado poco.

Bitnami