Nunca me han gustado los números redondos, ni las horas en punto, ni los númerus clausus. Por eso, ya el atrayente título de Las nueve cuarenta y tres me parecía sugerente.

En alguna ocasión he dicho en este mismo medio que, si no conozco la obra previamente, me gusta enfrentarme a las obras sin saber con qué voy a encontrarme, porque me apasiona que me sorprendan.
Eso me ha sucedido con este teatro musical donde los actores interpretan a la perfección, con una gran vis cómica, como se decía antes, pero también cantan de maravilla e incluso hacen sus pequeñas coreografías salerosísimas y pizpiretas.
Andrés Alemán, el autor y, a la sazón, también director de este montaje, pergeña una hilarante comedia entre intriga, misterio, musical, enredo, inocencia, hilvanando una disparatada historia de intereses personales, codicia, erotismo, confusiones, sospechas, y dotándola de ritmo, buenas voces, musicalidad, divertimento, sorpresas. A ello contribuyen unas canciones dialogadas y resolutivas de Manuel Soler Tenorio.
Los actores están que se salen, en estado de gracia humorística y cercanos a la complicidad entre ellos y a los propios espectadores. Todo el elenco vive y se desvive con sus personajes. Todos con unas voces extraordinarias y bien afinadas.
Natxo Núñez, el señor Jiménez, a modo de un Paco Martínez Soria inocentón y buena persona. María Cobos, la chacha española en territorio ruso, con el gracejo que se le presupone a las españolas que hacen valer sus intereses pero sin acritud ni malas intenciones.
Las dos hermanas rusas, opuestas y divergentes, Aránzazu Zárate, una sobriedad y maneras frías que agudizan su humor, así como Gemma García Maciá, desmadrada, sensual, desesperada.
Y el mayordomo, que no podía faltar en una historia de intriga y apariciones, Joselu López, metódico pero enormemente sensible y lleno de emociones.

La historia hace referencia  a una España de tiempos pasados, pobre y sin alicientes. Poco culta y con hambre, pero que no pierde el orgullo ni el carácter.

Una Rusia de decaimiento zarista, donde hacen falta rublos y se mantienen las propiedades. Referencias también a los ladrones actuales de camisa blanca y corbata, a la homosexualidad, a las creencias sobrenaturales, a la inmigración, al poder adquisitivo y a lo que usted quiera leer entre líneas.
Porque lo mejor de todo es que es una comedia divertida, que no da tregua a la risa, que se ve con amabilidad y disfrute, que está muy bien construida y que pasas un rato muy agradable.
A las nueve, aunque a Las nueve y cuarenta y tres ya estamos totalmente entregados y no queremos que se acabe.

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