Si mencionas Las Bodas de Fígaro casi todos te preguntan, te dicen, te afirman, “eso es una ópera, ¿no?” Sí, claro, tienes que contestarles, de Mozart. Pero antes, fue un texto teatral de Caron de Beaumarchais. Y debió impactarle tanto al músico, que escribió inmediatamente después de su estreno la conocida ópera.
Ahora nos la rescata La Compañía Nacional de Teatro Clásico, de un montaje de Fabià Puigserver para el Teatre Lliure después de 28 años, como si fueran unas segundas nupcias que hay que celebrar por todo lo alto. Retoma la dirección Lluís Homar que interpretó a Fígaro en aquel entonces. Es decir, sabe lo que está haciendo y lo hace con gran cariño, y no es otra cosa que casarse con ella pero sin bombo y platillo, sino de forma discreta y sencilla, desde la humildad del recuerdo.
Y consigue Homar que nos lo pasemos en grande con los enredos de este gentilhombre que ama a su Susana y quiere casarse con ella aunque todo sean impedimentos, trabas, intrigas, despropósitos, engaños, intereses, equívocos,…
A pesar de su duración la puesta en escena no pierde ritmo en ningún instante. Los personajes entran y salen, dialogan con gran agudeza, se dirigen al público, se esconden, se desesperan, se retractan, se asombran,… y de paso, nos van soltando diatribas contra la política, contra los estamentos sociales, la burguesía, la economía, las relaciones personales.
Estupendos todos los actores. Desde Fígaro, Marcel Borràs, divertido, sin pasarse de rosca, pasando por un gran Joan Carreras, el conde Almaviva, que vive en una pura contradicción, que no sabe a qué atenerse, que se desespera y que es ingenuo, lo hace simpático y adorable, y Mónica López, la condesa, también sin estridencias, elegante y sensible como corresponde a su personaje, o Aina Sánchez, la Susana por la que todos se desvelan, con idéntica fuerza y pasión que el resto del elenco, perfectos, impecables.
La escenografía de Rafael Lladó, también basada en la de Puigserver, funcional, con puertas que se abren y cierran por todos los lados y por las que esperas ver salir cualquier situación hilarante.
Es verdad que hay talento arrastrado desde la época en que se estrenó por el Lliure. Y mucho antes. Desde el autor en 1778 hasta el montaje que avala La Compañía Nacional de Teatro Clásico que hoy vemos con deleite. Tres horas que se pasan sin querer levantarse.

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