Himmelweg
Todo el mundo ha fingido alguna vez”. Así se excusa el comandante del campo de concentración que hace aparentar que hay armonía y buena voluntad a los propios judíos que tiene prisioneros, a la delegada de la Cruz Roja que va a inspeccionar el campo, y a los espectadores a los que pretende caer bien a base de hablar de cultura, libros, sensibilidad, educación y buenas maneras. Pero sus gestos corporales le delatan. No puede evitar la violencia psicológica que lleva dentro. Y a la delegada de la Cruz Roja le remuerde la conciencia, pero ya es tarde. Y el representante de los judíos no deja de tener miedo. Y los muñecos están vivos enarbolando una gran tristeza.

Himmelweg es un Camino del cielo tormentoso y fingido. Cruel con apariencia de benevolencia. Maquillado por las flores y los árboles. Lo que hay al final del camino es el horror, la soledad, la muerte.
Juan Mayorga siempre sutil y poético da en ese clavo teatral del que habla el comandante. Humo, trenes con mercancía humana para exterminio, teatro, muñecos manipulados. A veces el poder de la sugestión y la conciencia es más fuerte que el maltrato físico.
Con una escenografía que gira sobre sí misma, (no hay escapatoria posible), y la elegancia de unas flores estratégicamente colocadas, más los libros que en vez de hacernos libres nos encierran en un mundo ficiticio, Raimon Molins, muestra una puesta en escena delicada, donde el verdugo se ensaña en la fragilidad de sus víctimas sin acritud aparente, pero con la creencia de que encima los está salvando de la desesperación y el tormento. Y ahí los tres actores, el propio Molins, Elena Rayos y Guillem Gefaell, transmiten externamente todo lo que internamente los personajes están sintiendo. Silencios, miradas, nunca una palabra más alta que otra, sensibilidad, opresión, miedo.
De una forma o de otra también a ustedes les afectará en su fuero interno.
 
 

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