ULTIMOTRENAT
Fue. Ocurrió. Nunca debió ser. Nunca debió permitirse. Pero eso ya no puede cambiarse. Sí se puede, y se debe, recordar. Como lo hace Patxo Tellería trayéndonos este personaje, Janusz Korczak, doctor y pedagogo que tuvo 200 hijos, doscientos huérfanos a los que intentó cobijar. Al final del camino, Treblinka les esperaba. Pero mientras tanto, había que dotarles de alimentos, de  vestidos, de educación, de alegría, de esperanza. ¡Por Dios, si solo eran niños!

Ya desde el principio estamos atrapados en ese barracón del gueto de Varsovia para niños judíos. El ambiente creado por Fernando Bernués, literas, mesas de comedor, luces amarillas, utensilios reutilizados mil veces,… nos envuelve. Somos parte de la historia. Somos niños asustados pero expectantes, dispuestos a dejarnos llevar, a hacer lo que nos digan, pero también a participar de esta triste realidad.
Mireia Gabilondo, en la dirección, ha contado con nosotros. Sabe que estamos observando, que tomaremos partido, que pasaremos miedo, ternura, desolación, alegría, asombro, que nos iremos con ellos en ese Último tren a Treblinka.
Y querremos que el buen doctor Korczak, magníficamente interpretado por Alfonso Torregrosa, se fije en nosotros. Porque es un hombre bueno. Porque tiene un corazón gigante y un coraje infinito. Y todos los demás actores, Maiken Beitia, como su colaboradora, que tiene que controlar sus impulsos, y está imbuida por el espíritu de su admirado filántropo. Y los niños, grandes Eneko Sagardoy, Gorka Martín, Jon Casamayor, Nerea Elizalde, Tania Fornieles,… que sin necesidad de imitar falsamente las voces y actitudes de los pequeños, hacen que veamos en ellos a criaturas de ocho, diez, once años,… que también queramos ser sus amigos.
La puesta en escena es dura y delicada. Sientes la doble sensación de una historia opresiva y un grandísimo montaje. Sientes la emoción del pecho oprimido y la emoción de ser testigo del miedo y del buen hacer teatral. Palpas la alegría de la inocencia y la tristeza de la historia. Enorme documento. Teatro y realidad. Historia y denuncia. Arte y sentimiento.
En la Cuarta Pared no hay cuarta pared. Somos protagonistas. Somos testigos. Somos seres humanos.

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