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Una boda es uno de los acontecimientos sociales más incoherente. Aunque se le quiera dar una aparente normalidad, en realidad todo se sale de quicio. De entrada, la gente se disfraza de pretendida elegancia y se observa y se critica cómo van los demás. También se bebe y se come más de la cuenta con las consecuencias que eso acarrea de forma inmediata en algunos casos y posteriormente en otros. Algunos bailan desenfrenadamente como si no hubiera un mañana. Otros pierden el sentido del pudor, sacan sus armas seductoras, desenfundan su lengua viperina para criticar a quien no conocen o aburren solemnemente pretendiendo ser graciosos.

En La madre que me parió sobre una idea de Ana Rivas y guion de las misma Ana y Helena Morales, está toda esa locura desmadrada de una tarde de bodas. Llevado al límite, puede ser, precisamente para sacarle todo el humor de la exageración, de las situaciones inverosímiles, de las relaciones difíciles y descarnadas, aunque no tanto. Es decir, ¿realmente exageran en los conflictos cómicos que nos plantean? o ¿solo es una visión acumulada de lo que puede suceder en diferentes bodas?
De cualquier forma, Gabriel Olivares, el director, ya ducho en comedias de movimiento, enredos entre personajes, diálogos chispeantes y en ocasiones absurdos, nos presenta esta comedia hilarante entre madres e hijas, entre amigas, entre parejas, de forma rítmicamente versátil, sin dar tregua ni descanso, igual que en las bodas cotidianas en las que acabas realmente cansado de atender a tanta gente y tan dispar en sus caracteres.
Esa gente está representada en este caso por un magnífico elenco, que no tiene desperdicio, aunque algunos de los personajes sean grandes tópicos arquetipos. Está la madre conservadora e hipocondríaca, necesitada de su hija a la que trata más como una esclava, Marisol Ayuso, grande, como siempre. La hija, que parece mojigata pero tiene sus propias ideas y está dispuesta a llevarlas a cabo, cueste lo que cueste, Esperanza Pedreño. La novia, Ana Villa, que tomará la decisión adecuada aun temiendo la reacción de su propia madre. Y las otras madres, Juana Cordero, Aurora Sánchez, por fin señoras que se atreven precisamente a salirse de madre. Las amigas, Natalia Hernández, Paula Prendes, dos polos opuestos de ver la vida pero que quieren vivirla a tope. Y el invitado de piedra, Diego París, reflejo de todos los demás, que va a lo suyo pero está a todo, y que nadie hace caso pero él hace caso a todo.
En el Teatro Fígaro hay boda. Si les gustan las mismas, están ustedes invitados; y si no les esperan, hagan lo que siempre hemos querido todos: decir que vamos del parte del novio o de la novia, según convenga, y participen de la fiesta.
 

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