blancanieves
La belleza prima en nuestros días por encima de todo. O al menos así nos lo venden o así lo compramos. Y eso trae consecuencias. Blancanieves siempre ha sido el modelo de belleza, aquella cuyo espejo no puede mentir, y provoca envidias, celos, pasiones, enamoramientos y hasta asesinatos.
En La Verdadera Historia. Blancanieves, hay de todo eso. Una actriz, Carolina Bermúdez, también autora del texto, con la dificultad que supone interpretar solo con media cara, por la máscara que porta, nos muestra una reina despótica, y divertida a ratos, llena de tics y de envidias, no porque ella no sea la más guapa, si no porque no puede permitir simplemente que alguien lo sea.
Y nos muestra un juego de resurgir de las cenizas, de doble identidad frente al espejo, de bellas princesas que son como arañas, porque nadie podrá impedir la belleza por mucho que la corten la cabeza. Del fango, del cubo de la basura, volverán a salir cuerpos hermosos que generarán más conflictos, idolatrías, emociones efímeras.
Hay un trabajo corporal considerable, bien dirigido por Laura Garmo que también hace de cuerpo perdido y que busca la autoestima y su lugar en el mundo, junto con Juan Miguel Alcarria.
No es un trabajo fácil, ni mucho menos. Es un montaje arriesgado, con un lenguaje entre psicológico y filosófico, pero cotidiano y clownesco al mismo tiempo. Y la lectura final es que cada uno que saque sus propias consecuencias frente a lo que significa La Belleza. Y si es tan importante como pretenden hacernos creer o, simplemente, nos creemos.

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